Integración económica vs. acuerdos individuales: ¿qué dicen los datos de Colombia?
En el diagnóstico del comercio exterior colombiano existe un consenso casi incuestionable: Estados Unidos es el mercado principal, la Unión Europea el socio estratégico y la integración regional, un proyecto bien intencionado pero de resultados modestos. Sin embargo, una lectura pausa de los datos exige corregir ese relato. Las cifras hasta octubre de 2025 sugieren cómo la Asociación Latinoamericana de Integración (Aladi) no es un actor complementario, sino el segundo pilar estructural de nuestro comercio exterior, aportando un volumen de divisas que deslumbra a bloques más célebres y cuestiona nuestras prioridades estratégicas.
La magnitud es contundente. Mientras Colombia exportó US$41.640 millones FOB al mundo, uno de cada cuatro de esos dólares —exactamente 26,4%— tuvo como destino un país de Aladi. Esa porción, que equivale a US$10.981 millones FOB, no es un dato menor. Para ponerlo en perspectiva, supera en más del doble el valor de todo lo que vendemos a los 27 países de la Unión Europea juntos, y casi iguala el total de exportaciones a toda Asia. Aladi no es un mercado emergente; es una potencia consolidada.
La verdad reveladora emerge al fragmentar ese 26.4%. Dentro de Aladi conviven nuestros otros proyectos de integración: la Comunidad Andina (CAN) y el Mercosur. El resultado de esta convivencia es aleccionador. La CAN aporta un sólido pero limitado 7,1% del total nacional. El Mercosur, un volátil 6,7%. La suma de ambos, los bloques de los que más se habla en foros diplomáticos, no alcanza ni la mitad de lo que logra el marco amplio de Aladi. La conclusión es inapelable. El paraguas flexible de Aladi ha demostrado ser un instrumento comercial infinitamente más eficaz que las uniones más rígidas y ambiciosas que contiene.
¿A qué se debe esto? A la resiliencia que da la diversificación interna. Cuando el mercado venezolano —alguna vez el segundo más importante del país— se evaporó, fueron otros socios de Aladi, como México, Perú y Chile, los que absorbieron y superaron ese vacío. El comercio con México, por ejemplo, se ha multiplicado por más de dieciocho veces desde 1994. Aladi funciona porque no pone todos los huevos en la misma canasta regional; permite que múltiples acuerdos bilaterales y triangulares florezcan bajo un mismo marco, creando una red de seguridad comercial que mitiga los shocks de cualquier socio individual.
El contraste con la Unión Europea es el golpe de realidad definitivo. Para lograr acceso al mercado europeo, Colombia suscribió un acuerdo de última generación, complejo y de años de negociación. Ese esfuerzo monumental se traduce en 12.,6% de nuestras exportaciones. Aladi, con instrumentos más antiguos, pragmáticos y menos glamorosos, genera más del doble de ese resultado. Esta no es una crítica al acuerdo con Europa, sino una señal de alarma sobre el abismal déficit de ambición y estrategia que tenemos hacia nuestro principal vecindario.
Los datos de 2025 son un espejo de una imagen incómoda, pues enseña que Colombia ha subestimado sistemáticamente el activo geoeconómico más importante a su disposición después del TLC con Norteamérica. Mientras dedicamos energía diplomática y recursos a negociar con mercados lejanos y ultracompetitivos, tenemos a un gigante silencioso en casa que ya nos compra más de diez mil millones de dólares FOB anuales y cuyo potencial está lejos de agotarse.
Ha llegado el momento de que la estrategia comercial colombiana deje de mirar a Aladi con la nostalgia de un proyecto del pasado y la vea con la urgencia de un pilar del futuro. Los números, fríos e implacables, ya han hablado. La pregunta es si el diseño de nuestra política exterior sabrá escucharlos o si seguiremos celebrando relaciones distantes mientras ignoramos la potencia que hemos construido, casi sin darnos cuenta, en nuestro propio continente.