Analistas 03/05/2026

Más riesgo global, menos margen local

Carlos David Alape Gamez
Analista de Mercados en Aval Asset Management, experto en Economía y Finanzas, investigador y docente universitario

Abril dejó algo más que volatilidad, dejó una señal clara de que el equilibrio global se está deteriorando. No se trata de un quiebre abrupto, sino de una acumulación de tensiones que empiezan a redefinir el entorno económico. El conflicto en Oriente Medio y la disrupción en el estrecho de Ormuz —por donde transita cerca del 20% del petróleo mundial— no solo impulsaron el precio del Brent hacia niveles cercanos a USD 110 por barril, sino que reinstalaron un factor que el mercado había subestimado: el riesgo geopolítico como determinante estructural de precios.

Sin embargo, el impacto más profundo no se dio en la energía, sino en los fertilizantes. La interrupción de una ruta por donde pasa cerca de un tercio de este comercio generó aumentos de precios cercanos al 40% y reducciones significativas en la oferta disponible. Este choque es particularmente relevante porque no se limita al corto plazo, afecta las decisiones de siembra, altera los costos de producción agrícola y traslada el riesgo desde la inflación actual hacia la seguridad alimentaria futura. Es, en esencia, un shock que madura con el tiempo.

Este deterioro del entorno global ya empezó a reflejarse en las expectativas. El FMI revisó a la baja el crecimiento mundial a 3,1% para 2026, al tiempo que ajustó al alza las proyecciones de inflación. La combinación no es menor, menor crecimiento con mayor presión de precios implica un escenario más restrictivo, especialmente para economías emergentes que dependen del financiamiento externo y de condiciones globales favorables. A esto se suma una clara asimetría de riesgos, donde una escalada adicional podría reducir aún más el crecimiento y elevar la inflación de manera significativa.

Las principales economías reflejan esa tensión. Estados Unidos mantiene una actividad resiliente, pero con inflación persistente, lo que obliga a la Reserva Federal a sostener tasas altas por más tiempo. Europa, por su parte, muestra señales de debilidad en su actividad, mientras enfrenta una inflación aún por encima de sus objetivos. China, aunque mantiene crecimiento, continúa lidiando con una demanda interna frágil. En conjunto, el panorama global no ofrece motores claros de expansión, sino focos dispersos de resistencia en medio de un entorno cada vez más exigente.

América Latina se mueve dentro de ese mismo marco, pero con menor margen. La región crecería apenas 2,2% en 2026, afectada por condiciones financieras restrictivas, presiones inflacionarias y un menor dinamismo del comercio global. Esto consolida un patrón de crecimiento moderado y persistente, insuficiente para cerrar brechas estructurales o absorber choques externos de manera efectiva.

En este contexto, Colombia enfrenta una realidad particularmente compleja. Abril confirmó que la economía mantiene crecimiento, pero con una composición que genera dudas sobre su sostenibilidad. La expansión cercana al 1,6% estuvo impulsada principalmente por el consumo y los servicios, mientras sectores clave como la industria, la construcción y la minería continúan rezagados. Este desbalance evidencia una economía que crece apoyada en la demanda, pero sin una base productiva sólida que la respalde.

La divergencia entre consumo y producción se hizo especialmente visible en el comercio. Mientras las ventas minoristas crecieron cerca de 10,9%, la industria manufacturera apenas avanzó 1,4%. Esto implica que una parte creciente del consumo interno se está satisfaciendo con importaciones, ampliando el déficit externo y evidenciando una dependencia estructural de bienes producidos fuera del país. Más que un fenómeno coyuntural, se trata de un síntoma de baja diversificación productiva.

En paralelo, la inflación sigue mostrando una resistencia significativa a la baja. Con un nivel de 5,56% anual, impulsado principalmente por servicios y alimentos, el comportamiento de los precios refleja rigideces estructurales más que choques transitorios. Este escenario limita el margen de acción del Banco de la República, que se ve obligado a mantener una política monetaria restrictiva por más tiempo, afectando la inversión y el crecimiento potencial.

No obstante, el frente más sensible del mes fue el fiscal. La rebaja en la calificación crediticia y las proyecciones de déficit cercanas al 6% del PIB reflejan un deterioro en la percepción de sostenibilidad de la deuda. A esto se suma una reducción significativa en los niveles de caja del Gobierno y un aumento en las primas de riesgo, lo que encarece el financiamiento y reduce el margen de maniobra en un entorno ya restrictivo.

La dimensión política añade un elemento adicional de incertidumbre. Si bien las encuestas muestran un liderazgo claro en primera vuelta, los escenarios de segunda vuelta son mucho más competitivos, lo que sugiere que el resultado final sigue abierto. Este tipo de configuraciones tiende a incrementar la cautela de los mercados, especialmente cuando coincide con un entorno macroeconómico frágil.
En conjunto, abril dejó tres mensajes relevantes. Primero, que el entorno global se ha vuelto más incierto y costoso, con riesgos que trascienden lo coyuntural. Segundo, que Colombia mantiene crecimiento, pero con vulnerabilidades estructurales evidentes en su composición productiva y su frente externo. Y tercero, que el espacio de política económica —fiscal y monetaria— se está reduciendo, en un momento donde la capacidad de respuesta es clave.

Lo que viene hacia adelante no necesariamente es una crisis, pero sí un entorno más exigente. Uno en el que el crecimiento dependerá menos del impulso externo y más de la capacidad interna de corregir desequilibrios. Abril no marcó un punto de quiebre, pero sí dejó claro que la estabilidad reciente empieza a mostrar señales de agotamiento.

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Estrecho de Ormuz - Irán - volatilidad