Planear, o no, estratégicamente
Cuando una organización no sabe a dónde va, no puede definir cómo crecer y cualquier avance podría ser en realidad un retroceso. No podrá enfocar su energía, se volverá reactiva y terminará concentrándose en lo urgente y ruidoso, sin distinguir con claridad qué es lo importante.
A partir de esta idea, hay que aclarar que planear estratégicamente no consiste en adivinar el futuro de una organización, sino en definir un marco general que delimite y oriente sus esfuerzos. No implica anticipar las decisiones que tomará, sino reflexionar activamente sobre el futuro que se desea forjar.
Por tanto, resulta poco sensato pensar que es posible definir en el presente las acciones que, en los próximos años o décadas, permitirán a la organización avanzar, abrir nuevos espacios, posicionarse o afianzarse; el nivel de incertidumbre simplemente es demasiado alto, pues el entorno no es estático, el mercado evoluciona y la competencia no es pasiva. Así que cualquier supuesto sobre una ruta de acción, o apuesta sobre lo que ocurrirá si se elige determinado camino, puede perder sustento rápidamente.
Sin embargo, planear estratégicamente sí implica definir los resultados deseados para un determinado periodo de tiempo y fijar metas concretas que establezcan con claridad qué es lo que se quiere y se debe lograr. Es decir, la planeación estratégica está más en el campo de los “qué” que en el de los “cómo”.
En este punto es importante una precisión: una organización no existe simplemente para hacer cosas, sino para lograr resultados y cumplir con su propósito. Hacer actividades puede conllevar el cumplimiento de su objeto social o de las funciones establecidas, pero no hará que la organización avance, sea mejor o más valiosa. Por tanto, cada meta debería sacar a la organización, y a quienes allí trabajan, de su zona de confort para hacerlos ir más allá de lo que han logrado.
Una vez definidas las metas, todo confluye en la formulación de estrategias y tácticas: rutas de acción que contienen apuestas sobre cómo responder a los retos del futuro y del presente, cómo aprovechar oportunidades y cómo alcanzar los resultados deseados. Por ende, las estrategias son emergentes, situacionales y temporales.
Pero una cosa es definir el camino y otra es recorrerlo con éxito, pues en un entorno competitivo tener una buena estrategia puede ser insuficiente: hay otros jugadores que ejecutan sus propios planes. En consecuencia, un líder con visión entiende que la organización debe estar en constante movimiento y evolución, explorando permanentemente nuevas formas de hacer lo que hace.
Aun así, la planeación estratégica sigue siendo el referente que da rumbo y sentido a cualquier ruta de acción. Y precisamente por eso la planeación sigue siendo necesaria.
Más que definir el futuro, planear estratégicamente prepara para él.
Así que, reformulando el título de un conocido libro, “la planeación estratégica no ha muerto, pero quizás esté siendo malentendida”.