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Articulación: la oportunidad de Santa Marta y el Magdalena para su desarrollo

Carlos Jaramillo Ríos

Santa Marta y el Magdalena tienen todo para pensar en grande: puerto, aeropuerto, mar, Sierra, historia, cultura, vocación turística, capacidad empresarial, talento humano y una ubicación estratégica frente al Caribe y el mundo. Pero también enfrentan una realidad que no podemos ignorar: ningún territorio alcanza su verdadero potencial si trabaja dividido.

Durante años hemos tenido proyectos, diagnósticos y oportunidades, pero no siempre una agenda común. La ciudad por un lado, el departamento por otro, los sectores productivos en otra dirección y la dirigencia política, muchas veces, concentrada en debates distintos. Esa dispersión nos ha costado tiempo, inversión, competitividad y oportunidades.

Por eso, el llamado hoy es a pensar como territorio. A trabajar como un gran equipo por Santa Marta y el Magdalena, poniendo por encima de todo lo que verdaderamente importa: la gente, la competitividad, la calidad de vida y el futuro. La unidad no significa pensar igual; significa entender que existen causas superiores capaces de convocarnos a todos.

Y hay que decirlo: algo empezamos a mover. Ya hemos logrado acercamientos entre el alcalde Carlos Pinedo Cuello y la gobernadora María Margarita Guerra Zúñiga; los congresistas del Magdalena se han sentado en una misma mesa; y los gremios, empresarios, academia e instituciones venimos conversando sobre prioridades comunes. En un territorio acostumbrado a la fragmentación, esto no es menor. Es una señal que debe convertirse en un método de trabajo.

Esa visión también recoge un legado profundamente valioso. Nuestra gran amiga y expresidenta de la Cámara de Comercio de Santa Marta para el Magdalena, Silvia Elena Medina Romero, creyó siempre en el talento de esta tierra, en la unidad y en la necesidad de tender puentes entre sectores. Su ejemplo sigue vigente y nos recuerda que los territorios avanzan cuando confían en su gente, honran a quienes han construido camino y entienden que, juntas, las instituciones pueden lograr mucho más que separadas. Ese legado lo valoramos y lo seguimos fortaleciendo.

Hoy necesitamos proyectar esa visión hacia una nueva etapa. Requerimos planificación territorial, seguridad jurídica, atracción de inversión, preparación del talento humano y una agenda de largo plazo. No basta con tener ventajas naturales; hay que convertirlas en proyectos, empleo, infraestructura, oportunidades y calidad de vida.

Los proyectos estratégicos muestran por qué esa articulación es indispensable. La doble calzada entre Mamatoco y el Puerto es clave para la movilidad y la competitidad logística. La ampliación de la pista del Aeropuerto Simón Bolívar es necesaria para atraer nuevas rutas, fortalecer el turismo y conectar mejor a Santa Marta con Colombia y el mundo. La recuperación de la Institución Educativa Distrital Técnica Industrial debe convertirse en una apuesta por el talento joven, la historia, la cultura, el patrimonio, la formación técnica y la productividad. Así como estos, visualizamos diversos proyectos de ciudad.

Santa Marta también debe consolidarse como una ciudad de eventos, cultura, gastronomía, fiestas, festivales y experiencias durante todo el año. Eso significa más ocupación hotelera, más comercio, más emprendimientos, más economía formal y más identidad. El turismo no puede depender únicamente de temporadas; debe convertirse en una plataforma permanente de desarrollo.

Pero ese crecimiento debe ser sostenible y ordenado. No podemos hablar de futuro sin hablar de agua potable, alcantarillado, servicios públicos, costo de la energía, planificación urbana y protección ambiental. Estos retos no son asuntos secundarios: son condiciones básicas para atraer inversión, mejorar la competitividad y elevar la calidad de vida.

El potencial de Santa Marta y el Magdalena también está en las nuevas economías: transición energética, offshore, servicios empresariales, economía digital y BPO. Para aprovechar esas oportunidades se necesitan reglas claras, talento preparado, infraestructura adecuada, conectividad, seguridad jurídica y confianza institucional.

Debemos prepararnos, además, para hablarle con claridad al próximo Gobierno nacional. Santa Marta y el Magdalena no pueden llegar tarde ni divididos a las grandes conversaciones del país, sino con proyectos estructurados, respaldo institucional y una agenda común en infraestructura, agua potable, energía, turismo, educación, empleo, transición energética e inversión.

Ese es el modelo de unidad que necesitamos: una articulación práctica, con prioridades, gestión y seguimiento. Una ciudad y un departamento que entiendan que el desarrollo no se construye desde la competencia interna, sino desde la confianza, la planeación y el trabajo conjunto.

La pregunta no puede seguir siendo quién lidera cada iniciativa, sino qué necesita Santa Marta, qué necesita el Magdalena y cómo logramos que esas prioridades avancen. Porque cuando Santa Marta y el Magdalena trabajan como un gran equipo, el territorio deja de pedir oportunidades y empieza a construirlas.

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