Si mujeres y hombres participaran en igualdad de condiciones en la economía, el producto interno bruto global podría aumentar hasta 20%, según el Foro Económico Mundial.
Eso es, en términos económicos, lo que el mundo se está perdiendo. Y, sin embargo, al ritmo actual faltarían todavía más de cien años para cerrar la brecha de género.
La igualdad suele presentarse como un debate social, pero su impacto es también económico. Desde una perspectiva macro, porque limita el crecimiento y condena oportunidades; desde lo micro, porque la independencia económica suele ser el primer paso hacia casi todo lo demás.
A nivel global, la brecha salarial entre hombres y mujeres sigue superando los diez puntos porcentuales, una diferencia asociada a la maternidad, el trabajo a tiempo parcial y las pensiones, como ha señalado Christine Lagarde, presidenta del Banco Central Europeo.
Pero el problema no se limita a los salarios. Según el Banco Mundial, la igualdad en el trabajo no existe en ningún país del mundo. Apenas 4% de las mujeres vive en mercados laborales que se acercan a ese objetivo. Incluso allí donde existen leyes de igualdad laboral, se aplican solo en aproximadamente la mitad de los casos.
El informe Women, Business and the Law advierte, además, que muchas mujeres siguen enfrentando restricciones sobre el tipo de trabajo que pueden realizar o los negocios que pueden emprender.
La perspectiva de equidad permitió reconocer que hombres y mujeres no partíamos del mismo punto y que, por tanto, era necesario aplicar medidas específicas -becas, cuotas u otras iniciativas- para corregir desventajas históricas.
Sin embargo, hoy debemos hablar de igualdad, entendiendo que no basta con compensar las desigualdades; es necesario transformar las reglas que las producen.
Según Naciones Unidas, las mujeres disfrutan únicamente de 64% de los derechos legales que tienen los hombres.
Incluso donde existen avances legislativos, los impedimentos persisten. En la región, veinte países ya tipifican el feminicidio. Sin embargo, como advierte CAF - Banco de Desarrollo de América Latina y el Caribe, las demoras judiciales, la falta de especialización y los estereotipos de género siguen dejando muchos casos sin respuesta.
Por todo ello (y mucho más), el 8 de marzo no es una tendencia ni una celebración. Es memoria. De las mujeres que lucharon por derechos que hoy parecen evidentes. De quienes lo perdieron todo por la posibilidad de decidir sobre su propio destino y nos entregaron el nuestro.
El debate sobre igualdad de género no debería entenderse como una confrontación entre hombres y mujeres. El feminismo, en su sentido más esencial, no busca privilegios ni supremacías, sino que el género no determine las oportunidades de una persona. Lucha contra un sistema que genera desigualdades estructurales que terminan perjudicando a toda la sociedad.
Como escribió Mary Wollstonecraft, “no deseo que las mujeres tengan poder sobre los hombres, sino sobre ellas mismas”. Una atinada descripción del feminismo en un momento en el que la palabra está más denostada que nunca.
Cuando la mitad de la población enfrenta barreras estructurales, reducir estas brechas no es solo una cuestión de justicia social, es una condición ineludible para el desarrollo económico.