Analistas 02/01/2024

En 2024, hablemos de descarbonizar

Carolina Rojas Gómez
Executive Master of Management in Energy Norwegian Business School

2024 será decisivo en muchos frentes y particularmente para el sistema energético global. El año entra con la expectativa generada por el acuerdo histórico firmado en Dubái al cierre de la COP28 en diciembre, del cual el secretario ejecutivo de la ONU Cambio Climático se refirió como “el principio del fin de la era de los combustibles fósiles”.

Lo anterior, si bien presenta una presión política y económica tanto para gobiernos como para empresas e inversionistas, también genera escepticismo pues hace más de una década que se vienen desahuciando a los combustibles fósiles, particularmente al petróleo y al carbón, y lo cierto es que, por el contrario, su consumo alcanzará nuevos máximos históricos en 2023.

Para hacerse una idea, en el último Statistical Review of World Energy de BP (uno de los documentos más consultados por analistas en la revisión de las proyecciones y retos de la energía), se evidencia que el consumo de combustibles fósiles, es decir, carbón, petróleo y gas, representa 82% de la demanda total de energía primaria.

En una comparación hecha por David Rapier, si se considera que para 2010 el consumo total de estos era de 87%, y que la tendencia continúe, estaríamos hablando que tendrían que pasar 200 años antes de que se pudiera eliminar a los combustibles fósiles de la ecuación o para ser más precisos, de la matriz energética.

Lo anterior incluso en medio del presente auge de las energías renovables solar y eólica, en donde su consumo también creció, en más de 7%. Sin embargo, aunque el despliegue de inversiones para lograr ampliar la capacidad se triplicara, esto sería insuficiente, e incluso improbable, para sustituir la demanda de petróleo, gas y carbón.

En este sentido, 2024 será otro año en que los gobiernos deberán poner particular atención tanto a sus sistemas energéticos, como al comportamiento de su demanda y, poner el foco en donde estén identificados sus mayores retos, equilibrando las metas de descarbonización con la seguridad energética, pues de no hacerlo, tendrán consecuencias sumamente costosas.

Para este año, se preve que el comportamiento de los países Opep+ será muy distinto a los que no pertenecen a este club, lo cual puede generar desbalances en el sistema, y la presión la sentirán quiénes no puedan asumir los costos de los cambios en los patrones de producción de hidrocarburos. Parecido a lo que vivió Europa con la más reciente crisis energética, que disparó los costos de la energía en un contexto de reactivación económica post-covid.

Un camino para hacerle frente a los retos de este año es madurar la conversación, la cual actualmente está centrada en la transición energética, y comenzar a hablar seriamente de descarbonización. Descarbonizar las fuentes de energía y descarbonizar los usos de esta energía, en la medida que descarbonizar es la acción más precisa para hacerle frente al cambio climático.

Si estamos de acuerdo que el mayor reto de la humanidad, es limitar este último sin afectar el desarrollo sostenible y la lucha por la erradicación de la pobreza, no podemos olvidar que para esto se requiere de mucha energía, porque está comprobado que la energía es aquello que ha ayudado a ese gran proyecto humano del que hablaba Elaine Scarry, el de aliviar progresivamente el sufrimiento.

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