Analistas 27/06/2023

Principio de realidad

Carolina Rojas Gómez
Executive Master of Management in Energy Norwegian Business School

Alemania es un país cercano a mis afectos, siempre he sentido interés por su historia, sus costumbres y su estructura mental. En 1998 tuve la fortuna de vivir allí por un intercambio estudiantil y, algo que me marcó entonces, fue la vergüenza que esa generación aún cargaba por la segunda guerra mundial.

Luego de 25 años, la Alemania de hoy parece distinta, ejerciendo un liderazgo indiscutible en Europa y el mundo. Los años de la división alemana y de la posguerra, parecerían haber quedado atrás, claro con cicatrices y secuelas al interior, pero los alemanes, poco a poco, fueron encontrando una forma de reivindicarse.

A partir de su política energética interna “Energiewende” (transición energética en alemán), este país fue acomodando su política exterior de manera que esta le permitiera convertirse en un cierto tipo de líder mundial diferente: una potencia blanda, guía de la transición energética, buscando insertar su visión en el sistema político-energético mundial.

Explica Joseph Nye, que una potencia blanda es aquella que ejerce su liderazgo “al asociarse con activos intangibles, como una personalidad atractiva, cultura, valores e instituciones políticas que se consideran legítimas o que tienen autoridad moral” (Nye, 2008a, p. 95). En este sentido los alemanes, supieron escoger bien el camino a seguir.

La “energiewende” fue una política pública de respuesta a la crisis del petróleo de la década de 1970. Su principal objetivo, era dejar la dependencia de los combustibles fósiles que implicaba un riesgo a la seguridad nacional y buscar alternativas: la respuesta las energías renovables.

Allí encontraron su nicho de liderazgo: posicionaron las renovables, desarrollaron la tecnología, entregaron subsidios e implementaron una política de promoción a la exportación de tecnología energética “made in” Alemania y, en 2009, se vio materializado su proyecto de apoyar la creación de una Agencia Internacional de Energías Renovables - Irena.

La visión alemana de lo que debía ser la transición energética, permeó los países alrededor del mundo, ese poder blando se ve ejercido en la capacidad de influenciar la narrativa y en la asimilación de ese futuro energético a pulso de renovables, un poco utópico, que hoy encontramos en la opinión pública de la mayoría de países.

Pero una cosa es el discurso, y otra muy distinta la realidad. Su ideal de transición se sacudió hasta la base el jueves 24 de febrero de 2022, fue un principio de realidad: la falta de una estrategia de diversificación de sus fuentes llevó a Alemania a importar casi 70 % de su energía, y de repente, su mayor socio, los dejó sin piso.

Las consecuencias ya las conocemos, entre esas los altísimos costos de energía para los alemanes, y muchos les recuerdan que desaprovecharon tecnologías puente como la nuclear o el fracking que les hubieran ayudado a garantizar su seguridad energética, y a reducir sus emisiones. En vez de esto, tuvieron que retomar el uso de carbón, al menos en el corto plazo.

Quizás en su búsqueda por una mejor sociedad encontraron su lugar ejerciendo un liderazgo suave que permitiera borrar esa letra escarlata con la que sentían vivir constantemente, pero se olvidaron del pragmatismo, un rasgo tan alemán; hoy Freud les recordaría que: “se debe aceptar sin quejas cuando las ilusiones se chocan contra la realidad en la que se hacen pedazos.”

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