Analistas 24/06/2026

La patria milagro: unir y reconstruir el país

César Mauricio Rodríguez Zárate
Teniente coronel (RP) PhD. Research Associate Leiden University

La victoria del presidente electo Abelardo de La Espriella marca un punto de inflexión para Colombia. El resultado envía un mensaje inequívoco: la mayoría de ciudadanos pidió un cambio de rumbo; reclama autoridad y orden, seguridad, reactivación económica y liderazgo en la conducción del país. No es cierto que el país esté dividido; sigue polarizado, que es diferente. La verdadera pregunta no es cómo gobernar Colombia, sino, de fondo, cómo gobernar una nación profundamente fragmentada, producto de la instalación de narrativas de odio y enfrentamiento de clases que generaron dos visiones diferentes de país.

Es evidente que una gran proporción de los 12 millones de votos que el candidato Cepeda califica como un “nuevo” movimiento político corresponde a tres fuentes de la típica maquinaria electoral: el voto fusil, que solo se explica por municipios de Cauca y Nariño con control de grupos ilegales, donde 100% de los votos fueron para este candidato, sin siquiera un voto en blanco o anulado, situación totalmente atípica e irregular; millones de contratistas vinculados y empleados de entidades públicas amenazados con perder el empleo si no votaban por el candidato del gobierno; y, finalmente, la inusitada compra de votos y flujo de dinero, especialmente en la Costa Atlántica.

Sin embargo, entender por qué millones de colombianos persisten en la continuidad de este nefasto proyecto, que ahonda la división del país, es indispensable para avanzar; de lo contrario, seguiremos en ciclos infinitos de polarización. Muchos de esos ciudadanos no votaron necesariamente por una ideología. También una parte importante siente que la desigualdad sigue intacta y que el Estado llega al territorio solo con Fuerza Pública o simplemente no llega. Esos votos se explican también por frustraciones históricas que corroboran que no en vano las zonas más pobres, la periferia del país, además del voto fusil, los siguen considerando como una opción. Tampoco se pueden ignorar estas realidades.

El nuevo gobierno puede construir estabilidad política si logra hacer entender que esa Patria Milagro provee ganancias individuales y colectivas en la calidad de vida en todas las regiones, incluida esa periferia históricamente olvidada y sometida a los ilegales. Se trata de inspirar y convencer de que esta visión no busca otra cosa diferente que corregir la desigualdad a partir de una apertura a las oportunidades de mercado y producción, que garantizarán crecimiento económico y, por ende, mejores condiciones de empleo y desarrollo para todos. Esto exige liderazgo y, sobre todo, una impecable gestión pública.

El presidente electo debe entender que la confianza y la unidad se construyen con señales claras y resultados que muestren avance y desarrollo. La más urgente: la seguridad, que será prioridad y precondición para la gobernabilidad. Luego, la recuperación del orden institucional y fiscal, pues sin una arquitectura estatal eficiente y compacta no podrá adelantarse la reconstrucción de los múltiples frentes deteriorados durante estos años. Por eso, la agilidad estratégica y la capacidad de ejecución definirán si Colombia entra en una etapa de reconstrucción o en un nuevo ciclo de confrontación.

Para unir al país y recuperar la confianza, el nuevo gobierno debería concentrarse en tres señales estratégicas. La primera, gobernar desde la ejecución, la gerencia y el orden. Los colombianos deben percibir un gobierno firme y eficiente. Fuerte, pero equilibrado, y eso implica rodearse de los mejores perfiles técnicos e institucionales. Los mercados y los inversionistas observan eso, pero quien finalmente lo percibe es la ciudadanía. Segundo, demostrar resultados tempranos. La confianza es hija de los resultados. El nuevo gobierno necesita victorias concretas en tres frentes: seguridad, estabilización del sistema de salud y reactivación económica. Los ciudadanos confían cuando sienten mejoras reales en su vida cotidiana.

Tercero, desde esa confianza derivada de los resultados, buscar tender puentes. Un presidente es símbolo de unidad nacional y gobierna para todo el país. No puede hacer lo mismo que este gobierno saliente: desplantes, persecución y bloqueos a la oposición. Se requiere un lenguaje donde las reglas mínimas e innegociables sean el respeto a las libertades, el orden y las instituciones, para desde ahí convencer sobre la necesidad de cerrar el ciclo de polarización.

La construcción de la Patria Milagro implica sincronizar una visión común de país: donde se derrumbe el relato de que seguridad y justicia social son opuestos; donde autoridad y democracia se fortalezcan; donde se entienda que la iniciativa privada no es solo de los grandes empresarios, sino también del emprendedor, de las mipymes, que constituyen 99,5% del total de empresas, del estudiante y del trabajador que movilizan crecimiento y desarrollo, especialmente en esos frentes inexplorados donde hay una oportunidad de oro: Agrotech, gestión del conocimiento 4.0, turismo y Traveltech, y convertirnos en un hub logístico de conectividad regional. Ese puede ser el punto de encuentro nacional.

Colombia está cansada del conflicto permanente. Quiere orden y desarrollo. La gran oportunidad del presidente electo Abelardo de La Espriella está en cerrar fracturas y demostrar que su proyecto de país, la Patria Milagro, basado en prácticas de un Estado eficiente, donde el respeto a las libertades, la promoción del crecimiento económico y la competitividad traen desarrollo y no desigualdad, es una oportunidad histórica para construir un propósito nacional, esquivo durante años de violencia, inseguridad y desigualdad.

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Elecciones presidenciales - Abelardo de la Espriella