La tiranía de los tramposos
En la Grecia antigua, el týrannos era quien asumía el poder de manera ilegítima o lo ejercía sin límites. Con el tiempo se convirtió en el déspota y de ahí el despotismo, una forma de gobierno absoluta y arbitraria. Ahora, en el fragor electoral, cuando se decide si continuamos siendo un Estado de derecho o si, desde la tiranía, transitamos hacia el probado y fracasado modelo neocomunista que empobrece y arruina un país, es cuando ese poder es aprovechado para engañar y entrampar, para emplear todos los medios y recursos públicos sobre narrativas de fraude y otras mentiras, reafirmando una tiranía de los tramposos.
Trampa procede del germánico trap, artificio utilizado para engañar o atrapar algo. Por antonomasia, la trampa hace uso de la mentira. No siempre consiste en alterar el resultado de un juego; también busca convencer a los demás de que las reglas fueron “injustas” cuando ese resultado no les favorece. Entonces, ¿por qué hablamos de tiranía y de trampa? Porque en este caso la trampa no consiste únicamente en alterar el resultado; lo es por la construcción de un ardid o estrategia de engaño desde el poder. Lo explico.
Todo comienza con el famoso código fuente de la Registraduría, que es una serie de instrucciones que le indican a un sistema operativo cómo deben funcionar, comportarse y mostrarse los resultados de las elecciones. La persistente solicitud de acceso a este código por este gobierno no tiene otra explicación que buscar su posible alteración. Valiente el registrador nacional al negarse a esta pretensión ilegal, porque ni está obligado ni está normado, garantizando la imparcialidad y evitando, ahí sí, el fraude.
Pero la trampa va más allá. Consiste en engañar a la opinión pública para que desconfíe del resultado si no resultan ganadores. La trampa estaba preparada, se construyó desde hace meses y tiene una secuencia.
Primero: desacreditar las instituciones. Eso explica las reiteradas descalificaciones contra la Registraduría y el Consejo Nacional Electoral, con insinuaciones de fraude y de favorecimiento a candidatos, sin pruebas. Es una estrategia de ataque permanente que procura exacerbar el populismo y convertirlo en odio ciego, para ser fácilmente manipulable en sus seguidores y llevarlo a las calles en niveles de violencia y caos desbordados. Ya lo dijeron una vez se conocieron los resultados: activar el movimiento de masas, que también sabemos cómo termina. Segundo: uso de la propaganda y la demagogia en una estrategia de manipulación de las emociones como herramienta política permanente. Sembrar dudas, lanzar acusaciones y ataques por redes, emplear medios, tarimas, subsidios, contratos y recursos públicos del Estado como canal, y desafiar e incumplir las restricciones para participar en política o favorecer determinado candidato.
Tercero: emplear y repetir la mentira como método. Cuando se quiere acabar una democracia, ya no se acude a golpes de Estado; se busca la ruptura institucional y constitucional, y la forma de lograrlo es sembrando desconfianza con mentiras, haciendo creer a la masa que ninguna institución merece confianza, que toda decisión es fraudulenta y que la única verdad posible proviene del líder político de turno. Ahí es donde se perfecciona la tiranía de los tramposos: no la de quienes violan abiertamente las reglas y las instituciones, sino la de quienes las utilizan mientras les sirven y las destruyen y cuestionan cuando dejan de serles útiles. ¿O no fue la misma Registraduría y el mismo software el que dio la victoria a este gobierno hace 4 años? ¿Por qué en ese entonces no hablaron de fraude? Lo inteligente será no caer en la trampa. Cuantos más ojos, mejor. No basta con los observadores internacionales; se requiere activar mecanismos jurídicos del más alto nivel, solicitando medidas cautelares sobre el proceso electoral, en cabeza ahora de la Comisión Europea y EE.UU. También es urgente que los órganos de control y la Comisión de Acusaciones del Congreso actúen y sancionen con rapidez y ejemplaridad. Los medios de comunicación no pueden asumir una postura meramente informativa: son canales que pueden visibilizar, con evidencias, la gravedad de estas actuaciones, fortaleciendo su rol como institución de opinión y reforzando su legitimidad e imparcialidad. La tiranía de los tramposos no puede normalizarse. Porque, además de destruir la ética pública y las instituciones, y profundizar la división de la nación, puede acabar definitivamente con la democracia. Soy optimista sobre el futuro de Colombia, pero tampoco podemos ser ingenuos. De nuestro criterio y nuestro voto dependerá el país que tendremos en los próximos años y el que le dejaremos a nuestros hijos.