Análisis 27/10/2026

Más humanismo, menos tecnosolucionismo

César Mauricio Rodríguez Zárate
Teniente coronel (RP) PhD. Research Associate Leiden University
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Embrujados por el algoritmo para resolver problemas, optimizar y pronosticar, poco a poco deshumanizamos relaciones, sentimientos y hasta el raciocinio, admirablemente imitado por la IA. Sin embargo, a medida que esos algoritmos automatizan el pensamiento, el mundo real se desgarra por complejas tensiones que ningún código puede anticipar. Basta con levantar la mirada y reconocer la grave polarización global, que hace cada vez más lejana la posibilidad del encuentro y del diálogo, de lograr acuerdos y de evitar conflictos que se multiplican y nos angustian como sociedad.

La migración y el acelerado cambio demográfico, las fracturas sociales, el colapso fiscal y del Estado de bienestar, entre otros, han impulsado una especie de mea culpa en tres conjuntos de líderes globales -los tecnológico-empresariales, los políticos y los académicos-, quienes comienzan a admitir una paradoja ineludible: cuanto más avanzada es la tecnología, más urgencia hay de recuperar la visión humanista y ética orientada al bien común para diseñar el futuro de una sociedad viable.

Hemos desplazado la solución de problemas desde el necesario equilibrio entre todas las ciencias y disciplinas del conocimiento a lo que la reflexión contemporánea denomina tecnosolucionismo: la creencia reduccionista de que absolutamente todos los dilemas sociales y políticos son problemas técnicos, con una “respuesta correcta” que puede calcularse mediante un software o la IA.

Esta visión, por inmediatista y por abusar de la tecnología, en muchas oportunidades deshumaniza la interpretación de la realidad. Convierte el comportamiento humano en simples fallas de sistema o ineficiencias que un algoritmo o una plataforma digital deberían corregir con inmediatez.

La IA opera bajo una lógica en la que imita el razonamiento humano y busca complementarlo. Para el algoritmo, la incertidumbre es un error por reparar, pero para el ser humano se convirtió en una especie de inquietud de conocimiento: el espacio por excelencia que permitió su evolución. Los avances como sociedad se lograron mediante el estudio de las ciencias básicas, la lógica, la medicina y las corrientes del pensamiento que desarrollaron las ideas de libertad, democracia y orden social, así como el necesario conocimiento de la historia.

Cuando estallan las revueltas en el corazón de las democracias europeas o cuando la polarización política convierte al adversario en un enemigo existencial, se suelen buscar explicaciones en indicadores que ignoran el fundamento invisible que sostiene el orden material: la acción humana, el poder de las ideas -no las ideologías- y las virtudes.

Hoy, cuando nos enfrentamos al ataque de las ideologías, los neolenguajes y las individualidades de posverdad que generan confusión, cobra más relevancia que nunca la búsqueda de una brújula ética y moral, y esto se logra a partir de las virtudes, pues un mundo sin su ejercicio sería inviable.

Para quienes educamos, es inaplazable formar técnicos excelentes que dominen el expertise de su disciplina, pero, en la misma balanza, promover líderes que actúen con justicia, prudencia, ética y empatía. Decía Aristóteles que la virtud está en el equilibrio, como una forma de garantizar la supervivencia ética del ser humano.

Tan importante es transformar nuestra educación para adoptar la tecnología como un habilitador que ayuda a cambiar realidades, como lo es afianzar en las mentes de nuestros jóvenes la empatía, el criterio ético y el pensamiento crítico. Necesitamos profesionales capaces de emplear la tecnología, pero con propósito, que contribuyan a la solución de inequidades, que promuevan el desarrollo colectivo e incentiven la productividad.

Queremos líderes empresariales, políticos, sociales y científicos que entiendan que, sin convivencia y respeto por el otro, no habría armonía social, necesaria para garantizar el orden, único camino probado en la historia para avanzar hacia el desarrollo y el crecimiento.
La ventaja competitiva de una nación ya no radica en su posición geopolítica o su riqueza natural, sino en un capital humano con formación ética, productiva y con sentido.

Lo llamaría una capacidad de juicio crítico y de liderazgo ético: el primero, para no caer en extremos ni ideologías, y el segundo, para actuar con justicia procurando el bien común.
Las máquinas calculan futuros probables, pero los seres humanos decidimos futuros posibles. Gobernar, producir y convivir en libertad exige superar el espejismo del tecnosolucionismo para formar, ante todo, nuestra condición humana, aquella que nunca será reemplazable por una máquina.

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