Analistas 01/06/2023

No nos ofendamos

Ciro Gómez Ardila
Profesor de Inalde Business School

La libertad de expresión ha sido una gran conquista de la civilización, de eso no hay duda. Llamativamente, una amenaza contra un aspecto de esa libertad es la extrema sensibilidad que hemos desarrollado todos y que nos lleva a ofendernos por cualquier cosa.

Sí, entiendo, hay expresiones que pueden herir, y hasta hace muy poco se podían usar sin que eso importara. Es más, eran aplaudidas y recibidas con humor, incluso si ese humor se hacía a costa de la molestia o el dolor de alguien o de algún grupo. Es un avance que hayamos caído en cuenta de que debemos pensar más en el otro cuando hablamos o escribimos.

Sin embargo, ese apreciable llamado al mejor uso del lenguaje se ha visto acompañado de un no tan favorable compañero: el exceso de sensibilidad de todos nosotros. Si por accidente se usa una palabra que puede generar controversia, se hieren sensibilidades y se pueden perder amigos. Hay momentos en que debe ser así, hay cosas intolerables. Pero la gran mayoría de las veces, no.

Cuando hablamos, normalmente no queremos herir o desconocer la situación de los demás. Hay un viejo dicho que dice que no hay que nombrar la cuerda en la casa del ahorcado; es un dicho fuerte (quizá hoy, incorrecto), pero que explica muy bien la situación. Y a veces pasa que quien menciona la cuerda no sabe dónde está, lo dice por error o incluso por nerviosismo. Está bien, se equivocó, pero no hay que, a su vez, ahorcarlo.

No siempre decimos lo que queremos o creemos que estamos diciendo. Ahora bien, al hablar al menos tenemos el lenguaje no verbal que ayuda a que se nos entienda. Pero el problema es mucho más intenso al escribir. Cuando leemos a grandes escritores, por ejemplo, García Márquez, se da uno cuenta de lo bien que usan cada palabra y de cómo pueden dar un sentido perfecto a lo que dicen. Pero claro, eso está reservado a los genios.

Así que cuando tenemos conversaciones por mensajes de chat o correo es muy posible que terminemos escribiendo de maneras fáciles de malinterpretar. A esto agreguémosle el autocorrector y los errores de tipeo. Una vez el teléfono me cambió “mi amor” por “mi mula” vaya uno a saber por qué. Y otra vez queriendo escribir “en el caso de ustedes”, escribí “en el caos de ustedes”; no, no fue un “acto fallido”, sino simplemente que el dedo derecho fue más rápido que el izquierdo (compruebe usted mismo lo fácil que es cometer este error). Pues bien, los “ustedes” a los que les escribí se molestaron bastante y me fue difícil explicar que no quería decir eso, que era un error.

Hay, pues, varios escenarios: se dice conscientemente y a propósito algo incorrecto; se dice algo incorrecto sin querer decirlo; se malinterpreta lo que uno dice como incorrecto. En los tres casos creo que la mejor respuesta es la comprensión y, si es necesario, la corrección amigable, no el ofendernos o indignarnos. Está bien, hay cosas que ya no se deben decir; hagámoslo saber amablemente para que de verdad haya cambio. Si decimos algo que puede molestar u ofender, hágannoslo saber con paciencia y comprensión para que entendamos y cambiemos. Y si, aun así, persistimos en el error, mantengamos nuestra amistad aunque seamos conscientes de que tenemos visiones distintas del mundo.

Que podamos hablar sin temor. La libertad de expresión también aplica en pequeño y puede estar amenazada por nuestra falta de tolerancia.

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