Me gusta comenzar el año con un artículo optimista. No siempre es fácil, pero esta vez la inspiración llegó de un lugar inesperado: el libro Igualdad, qué es y por qué importa, una conversación entre Thomas Piketty y Michael Sandel. Apenas comencé a leerlo encontré varias frases de Piketty como estas, que incluso llegan a sorprender a Sandel:
“Las cifras sobre los elevados niveles de desigualdad actuales son correctas, pero eran aún peores hace cien años. Y peores incluso doscientos años atrás”. “La brecha de renta en Europa […] es inmensamente menor que cien años atrás”. “La tendencia a largo plazo hacia una mayor igualdad se ha mantenido. Y, a mi juicio, va a proseguir en el futuro”.
Claro, esta no es la única tesis del autor. Seguramente no le gustará que use esas frases sin incluir la otra parte del mensaje que quiere dejar. Pero me alegra saber que alguien tan interesado en el tema de la desigualdad sea optimista y haya encontrado, con datos fiables, que llevamos más de dos siglos de mejora sostenida tanto en la reducción de la pobreza como en la de la desigualdad.
Y me parece importante reconocerlo porque constantemente recibimos el mensaje de que el mundo está empeorando. Creo que este mensaje, repetido una y otra vez, debe generar un cierto desánimo, pesimismo y frustración en las generaciones jóvenes que piensan o sienten que están peor que sus abuelos. ¿Qué consecuencias puede traer esto?
Naturalmente, hay mucho por hacer; es cierto que en el mundo y a nuestro alrededor, hay muchas necesidades apremiantes por satisfacer. No podemos ni debemos ser indolentes ante los problemas que enfrentan los demás. No se trata de esto, ni es lo que yo quisiera transmitir.
No dudo de la profundidad intelectual ni de las buenas intenciones de personas como Piketty o Sandel. Su incesante llamado de atención sobre el problema de la desigualdad no puede buscar otra cosa que el que las condiciones mejoren. Pero temo que ese llamado de atención haya sido -no siempre con tan buenas intenciones- transformado en un llamado de desesperanza, división y arma política contra unas instituciones a las que les debemos mucho.
Como dice Piketty, las condiciones en que vive la humanidad no han hecho más que mejorar, durante más de dos siglos. Claro, con altibajos y diferencias entre regiones, pero con una tendencia sostenidamente positiva.
Olvidar esto puede hacer que no defendamos lo que nos han legado, que lo perdamos. Hoy, el piso nuestro es más alto que el techo de nuestros abuelos.
Alguien sometido continuamente al mensaje de catástrofe inminente se puede preguntar: “¿Para qué voy a defender unas instituciones que lo único que han producido es desigualdad?”. Pero si miramos al pasado, veremos a nuestros antepasados trabajando y sacrificándose de muchas formas por lograr un mejor futuro para su descendencia: nosotros. Lo que tenemos hoy no es un resultado natural, sino el legado generoso de muchos que nos precedieron.
Agradecerlo es fundamental para preservarlo y mejorarlo para los que nos seguirán. El optimismo no es sentarse a esperar que las cosas sigan mejorando; es tener la convicción de que si el esfuerzo de nuestros antepasados logró toda la increíble mejora de la que disfrutamos, el nuestro también lo logrará. La queja paraliza, la gratitud moviliza.