Analistas

Aprender no paga las cuentas

Claudia Dulce Romero

La semana pasada, un reconocido emprendedor del ecosistema tecnológico abrió un debate al publicar en LinkedIn una oferta para un cineasta o profesional audiovisual interesado en aprender sobre su organización y producir contenido para ella. El problema es que la oferta laboral no tenía remuneración. Había que trabajar gratis.

La publicación desató una avalancha de comentarios y volvió a poner sobre la mesa una discusión que parecía superada: ¿por qué seguimos creyendo que la oportunidad de aprender justifica que una persona no reciba un salario? La controversia me llevó a reflexionar sobre el ejercicio del poder, el liderazgo y las profundas desigualdades que atraviesan el acceso al trabajo en Colombia.

Me sigue sorprendiendo que, en ciertos sectores, persista la romantización del sacrificio laboral como condición para alcanzar el éxito. Se ha normalizado la idea de trabajar al 200%: dormir poco, acostarse a las cuatro de la mañana, trabajar los fines de semana, responder mensajes a cualquier hora, pedir pizza para prolongar la jornada. En pocas palabras, vivir para la empresa.

Todo esto suele envolverse en discursos inspiracionales que prometen cambiar el mundo, construir una idea revolucionaria o convertir a cada integrante del equipo en un héroe o una heroína. Pero, con demasiada frecuencia, esa narrativa termina justificando la precarización del trabajo y trasladando el costo de un proyecto a quienes tienen menos poder para negociar.

¿Y qué ocurre cuando alguien decide no seguir ese ritmo? Rápidamente se le acusa de tener poca ambición o una mentalidad limitada. También se le tacha de frágil y hasta se le augura el fracaso: “Así nunca prosperará”. Aunque mi generación y las que vienen han crecido con una mayor conciencia sobre los derechos laborales, el bienestar y la salud mental, es difícil no sentirse agobiado por estos discursos, que con frecuencia se materializan en malas condiciones de trabajo, jornadas insostenibles y altos niveles de estrés.

Por eso es necesario insistir en el cuidado de las personas y en el cumplimiento de las reglas de juego que, además, la ley ya ha establecido. La pasión por un proyecto no equivale a disponibilidad absoluta ni justifica el trabajo sin remuneración.

Este caso también puso en evidencia una práctica que persiste en distintos sectores: dejar de remunerar el trabajo bajo el argumento de que la persona está en proceso de aprendizaje a través de sus prácticas o que apenas comienza su vida laboral. Suponer que un estudiante puede trabajar seis meses sin recibir un ingreso implica asumir que cuenta con las condiciones económicas para hacerlo. Y esa no es la realidad de la mayoría de los colombianos.

Incluso, para muchos estudiantes, esa decisión puede convertirse en el mayor obstáculo para culminar su formación. Lo sé porque lo veo a diario en mi trabajo en educación. Aprender es una oportunidad, pero recibir un salario por el trabajo realizado es un derecho. Confundir una cosa con la otra solo contribuye a normalizar la precarización, especialmente entre los más jóvenes.

Ojalá podamos construir más organizaciones en las que aprender no signifique renunciar a un ingreso; en las que la oportunidad no sea la excusa para el trabajo gratuito, y en las que nadie tenga que elegir entre adquirir experiencia y poder pagar el arriendo, el transporte o la comida. Aprender es una oportunidad, pero el trabajo merece reconocimiento y una remuneración justa.

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