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El que peca y reza no empata

Claudia Dulce Romero

Es frecuente escuchar que el liderazgo es sinónimo de ejemplo. Se espera que un líder muestre comportamientos intachables, pues hay personas que observan sus acciones y, consciente o inconscientemente, siguen sus pasos. Y aunque el líder es, sin duda, un modelo a seguir por sus decisiones, los resultados también pesan, y mucho, en la forma en que se interpreta su liderazgo.

Liderar implica generar cambios y llevar a las organizaciones a otro nivel: multiplicar cifras, alcanzar metas y mejorar el rendimiento. Hasta ahí, nada nuevo. El problema surge cuando esos resultados se convierten en una excusa para justificar cualquier medio. Por eso, el verdadero desafío del liderazgo está en encontrar el equilibrio entre lograr objetivos y tomar decisiones que respeten a las personas y promuevan la ética.

El refrán popular “el que peca y reza empata” ha servido durante años para que algunos minimicen o justifiquen malos comportamientos a cambio de excelentes indicadores. Así, la integridad se vuelve flexible y la moral se ajusta según la persona, el contexto, el cargo o el bando en el que se encuentre.

La mala noticia para quienes ocupan posiciones de poder es que la ética no es opcional ni debería variar según el escenario. Los comportamientos deberían medirse con el mismo rasero: los propios y los ajenos, los de quienes nos generan afinidad y los de quienes no, los de nuestro equipo y los de otras áreas. Porque cuando el liderazgo pierde coherencia, los resultados, tarde o temprano, también pierden valor.

Duele pensar que todavía existen, dentro de las organizaciones, personas que maltratan a sus equipos y aun así son toleradas: gritan, golpean mesas o paredes, azotan puertas, acosan… y, sin embargo, entregan resultados. Las altas direcciones, concentradas casi exclusivamente en los números, terminan mirando hacia otro lado. Se vuelven ajenas a estas dinámicas porque tienen en sus filas a alguien que “cumple” y les garantiza objetivos.

Es igual de responsable del maltrato quien lo ejerce que quien, desde el liderazgo, decide evadir la situación por conveniencia propia. Es el mismo pensamiento, que también se oye frecuentemente en Colombia, de quienes votan o favorecen a líderes corruptos por entregar resultados, bajo la lógica perversa de que “roba, pero al menos hace algo”. El problema es pensar únicamente en nuestro pedazo, en el bienestar individual, y olvidar que las organizaciones y la ética se sostienen desde la colectividad.

Se habla mucho de la necesidad de nuevos liderazgos, en el país y en el mundo: liderazgos más éticos, incorruptibles, que hablen desde la verdad y los hechos, y que no alimenten la polarización. Pero esa exigencia no puede quedarse en el discurso. Sobre cada uno de nosotros recae la responsabilidad de evaluar qué tipo de líderes estamos reconociendo y, sobre todo, premiando.

No repliquemos discursos de odio. No aplaudamos la viveza. No miremos hacia otro lado cuando algo nos incomoda o afecta a los demás (especialmente a los más vulnerables), pero nos beneficia. El liderazgo es coherencia y, más aún, valentía.

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