Entre la ambición y los principios
jueves, 19 de marzo de 2026
Claudia Dulce Romero
Hay un refrán popular que cobra especial relevancia en el liderazgo: “Dime con quién andas y te diré quién eres”. No solo por la razón obvia de que rodearse de personas capaces es clave para alcanzar los objetivos, sino por algo más profundo: la coherencia de caminar con quienes comparten los mismos principios y valores. Y los líderes deben tener esto en cuenta.
Existe un primer tipo de líder que considera peligroso rodearse de gente talentosa, por miedo a que brille más que él o ella. En ese caso, la inseguridad se vuelve protagonista y termina afectando a toda la organización. Es un error costoso, porque contar con la excelencia siempre es más productivo. Eso sí, el talento colectivo exige también un trabajo constante sobre el ego, porque cuando todos quieren protagonismo, cada decisión se convierte en una lucha de poder.
Otro tipo de líderes son aquellos que evitan rodearse de personas con posturas distintas, por temor al conflicto o a que alguien obstaculice la ejecución. La cura de este mal no es la homogeneidad, sino la diversidad. Trabajar con quienes piensan diferente permite construir visiones más sólidas y gratificantes. Un buen líder sabe moverse hacia distintas orillas para comprender otras perspectivas y actuar en favor de la mayoría.
Se pueden sumar cuantas personas se quieran al equipo, pero hay un punto crucial que, si no se cumple, puede llevar al quiebre de las mejores combinaciones: compartir la misma visión y tener claro el mismo norte ético.
Para saberlo, vale la pena que los integrantes de un equipo se hagan dos preguntas simples: ¿por qué hago lo que hago? ¿para qué estoy aquí? Todos tenemos intereses personales y profesionales legítimos, pero rodearse de quienes solo piensan en su propio beneficio es un riesgo real para los logros colectivos.
Analizar las motivaciones, los valores y las apuestas de quienes nos acompañan no es desconfianza, sino inteligencia y claridad. Conocer qué mueve a alguien, qué le importa, qué está dispuesto a sacrificar, qué entiende por éxito o logros es información esencial para cualquier líder. No se trata de vigilar ni de juzgar, sino de entender con quién se está construyendo algo. Un arquitecto revisa los materiales antes de levantar un edificio. Un líder debería hacer lo mismo con las personas que lo acompañan.
Mirar solo los resultados sin reparar en la calidad humana de quienes trabajan con nosotros es una forma de incoherencia. Un líder marca la pauta no solo con su propio ejemplo, sino con quiénes elige tener a su lado. Y con esto no quiero decir que la ambición sea en sí misma negativa, pero sin valores que la orienten puede convertirse en una amenaza silenciosa con un alto costo reputacional, ético o humano.
Mi madre siempre nos dice: es mejor trabajar con personas empáticas, honestas y leales que con brillantes profesionales sin esas cualidades. Creo que ambas cosas pueden convivir en la misma persona. Y nuestro deber como líderes es promoverlas y cultivarlas en quienes forman parte de nuestros equipos.
Un líder sin alianzas no llegará lejos. Rodearse de las mejores personas, desde lo técnico y lo humano, así como compartir su visión con otras organizaciones o equipos, hace que el resultado se logre con mayor impacto. Y no por conveniencia, insisto, sino por principios.
Establecer límites sobre con quién quieren caminar y con quién no están dispuestos a hacerlo no debería asociarse con poca flexibilidad, sino con una alta coherencia. Tener claro lo que no se negocia, no se tolera y no se acepta es priorizar los principios sobre la estrategia.