Analistas

No soy innovadora

Claudia Dulce Romero

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Esta es una frase que me repito todo el tiempo. He construido una creencia limitante que me lleva a pensar que no soy creativa ni innovadora y que me cuesta inventar cosas. Tal vez viene de una comparación innecesaria, en la que veo ideas increíbles que personas más jóvenes han desarrollado o historias que han transformado algunos contextos.

La cabeza, a veces, es mala consejera y me obliga a preguntarme: ¿por qué no se me ocurrió?

Con el boom tecnológico de los últimos 15 años, algunas personas asocian la innovación con las creaciones digitales. En ese escenario, me siento aún menos innovadora. No sé programar ni cómo crear una app que cambie la realidad de miles de personas. Y cada vez que veo una película sobre la historia de algún emprendedor o leo noticias sobre proyectos que están cambiando el mundo, vuelve ese pensamiento intrusivo: “No soy innovadora”.

En el libro Moonshot Thinking: transforma la innovación disruptiva en una oportunidad, de Iván Bofarull, el autor explica qué es la innovación, cómo la han desarrollado grandes emprendedores y los enormes desafíos que enfrentan importantes industrias o sectores de la economía, entre ellos la educación, en la que trabajo.

Este libro logró sembrar en mí la idea de por dónde comenzar a romper esa creencia de no sentirme innovadora y de cómo puedo desarrollar hábitos que me permitan encender esa llama. Y es que no se trata de inventar la rueda; como afirma en el libro Paul Graham, emprendedor de Silicon Valley y fundador de Y Combinator, una de las competencias más valiosas al innovar es darse cuenta de las anomalías.

Peter Drucker decía que “las oportunidades relacionadas con la innovación no surgen en medio de la tormenta, sino más bien del susurro de la brisa”, y por eso es tan necesario desarrollar la habilidad de síntesis que menciona el autor del libro: alejar el ruido disruptivo para enfocarse en lo que es relevante para el sector o la empresa.

Ese tal vez sea el primer paso para quienes quieran iniciar el camino de la innovación, como lo propone Bofarull: desarrollar esa capacidad de síntesis. Pero también hay un segundo valor completamente necesario para innovar: la humildad.

Arriesgarse a innovar requiere desaprender y reaprender cuantas veces sea necesario. Para el autor, es como jugar con fichas de Lego: la empresa debe conectar sus piezas hasta encontrar un elemento ganador, así como integrar las perspectivas de diferentes personas y promover un aprendizaje continuo.

Me surge la duda de qué tanto se promueve ese aprendizaje en las empresas y qué tan listos estamos para desaprender y reaprender. Como lo dijo Eric Ries, promotor del Lean Startup, “el valor futuro de una compañía reside en la financiación de su capacidad de aprendizaje”.

Deberían entonces los líderes invertir en ese aprendizaje.

Hoy confirmo que para ser innovador no se necesita ser un genio, sino saber leer el contexto, identificar anomalías, estar preparado, ser disciplinado, anticiparse y enfocarse en el cliente, pero, sobre todo, romperse cuantas veces sea necesario.

De ahí viene la palabra disrupción: del latín disrumpere, que significa romper en pedazos.

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