Analistas 12/05/2021

¡Es tiempo de escuchar!

Daniel López Hincapié
Profesor del Cesa

El covid 19, además de ser un reto de salud pública ha venido a recordarnos las tensiones y preguntas que aún no hemos resuelto como humanidad. Antes del covid, todas las cifras duras por donde se miraran habían mejorado, y parecía que nos consolaba sentarnos frente a un tablero de indicadores para sentir que habíamos hecho la tarea. Pero esa sensación de desarrollo que sustentaban las cifras, no necesariamente era compartida por la gran mayoría de la población. Los economistas tenemos una tarea aún inconclusa y es lograr democratizar el lenguaje técnico y entender que nos debemos a la ciudadanía. Llevamos años hablando lenguajes diferentes, profundizando con nuestros discursos la desconfianza. De nada sirven los modelos si para quienes los construimos no confían en ellos.

Una de las tendencias sociales más complicadas de los últimos años, es la fractura de la confianza de la ciudadanía hacia sus instituciones. El barómetro de la confianza, que muestra año a año algunas cifras a nivel global, situó a Colombia como uno de los países con mayor desconfianza, solo superado por Nigeria, Suráfrica y Argentina. Desconfiar de las instituciones es crítico en una sociedad, dado que en el fondo es el reflejo de la falta de credibilidad frente al contrato social. Al parecer hemos ido dejando de creer que el Estado tiene la capacidad para construir un país equitativo y de oportunidades.

Diversos estudios de desigualdad han hecho comparaciones entre algunos países antes y después de impuestos y transferencias monetarias. La distancia entre puntos (antes y después), palabras más palabras menos, es la eficiencia de nuestras instituciones a la hora de generar redistribución del ingreso y disminuir la desigualdad. No es fortuito que los países con mayores niveles de desconfianza sean los países con Gini (desigualdad) más altos. Hoy las marchas ya no son por la reforma tributaria, son la consecuencia de un Gini que por años hemos mantenido en niveles éticamente inaceptables. Los hallazgos para Colombia son vergonzosos. Los impuestos no logran una redistribución efectiva. De hecho, es casi nula.

Ante una confianza fracturada el camino es ¡Dialogar!, pero con pedagogía. Los problemas que aquejan a nuestra sociedad no son temporales, son estructurales y trascienden a este gobierno. Hoy más que nunca debemos rodear las instituciones, aunque tengamos críticas frente a su eficiencia. Lo paradójico es que, aunque haya una desconfianza en las instituciones son ellas las únicas que nos permitirán avanzar como sociedad. El reto al que se enfrenta el Gobierno Nacional es lograr una convocatoria amplia representativa y diversa, aun cuando la confianza es casi nula.

Una salida a este dilema podría ser pedir ayuda y que asumamos como sociedad que solos no hemos logrado darle soluciones estructurales a los grandes desafíos que tenemos como Nación. Mi propuesta es llamar a un tercero (Naciones Unidas, premios Nobel de paz, etc), para que sirvan como facilitadores neutrales. Este diálogo debe tener una metodología, tiempos claros, pero, sobre todo, un acompañamiento internacional y multiactor que permita verificar los compromisos que construyamos como sociedad. Empecemos en las calles de Cali, en los parques, en las carreteras, paremos la violencia en un acto simbólico donde honremos y nos comprometamos con justicia para los caídos. Necesitamos llenarnos de esperanza, humildad y disposición de escucha, para que entre todos podamos construir un país de oportunidades. Pedir ayuda no es vulnerabilidad, es un acto de grandeza en los momentos de crisis. Pongámonos la camiseta, dialoguemos y construyamos en la diversidad el futuro de nuestra gran Nación. Resignifiquemos todo lo que por décadas no hemos escuchado.

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