¡Fracasamos!

Diego A. Santos - diegosantos1978@gmail.com

Las redes sociales nos quedaron grandes. Podría hasta decirse que en esta película el malo no solo le ganó al bueno, sino que lo trituró. Como bien lo señaló el experto en tecnología del New York Times, Brian X. Chen, “los troles de internet ya ganaron y no hay mucho que se pueda hacer”.

Peor aún, una inmensa mayoría nos sumamos a ese vendaval de odio y veneno de las redes, despojándonos de la cordura y tranquilidad que requiere el manejo de éstas. En ese mundo virtual, que en realidad no lo es tanto, fracasamos como sociedad.

¿Pero será que no hay vuelta atrás? ¿Debemos ver el futuro con pesimismo y resignarnos a que jamás habrá un control más estricto por parte de las compañías tecnológicas y de nosotros mismos para cerrarle el paso a los indeseables?

Difícil ser optimista. Las empresas de Silicon Valley crearon un monstruo que les quedó grande y nosotros, los usuarios, nos comportamos como entes poseídos por el demonio. Si en 15 años no hemos podido autorregularnos, no lo vamos a empezar a hacer ahora.

Pero hay una leve esperanza, y esa es que las empresas para las que trabajamos nos tracen unas estrictas directrices de comportamiento digital. Casos ya los hay.

En 2013, Justine Sacco, una ejecutiva de relaciones públicas en la empresa IAC, estaba feliz abordando un avión que la iba a llevar a unas merecidas vacaciones en Sudáfrica. Con su teléfono en mano, trinó: “Camino a África. Espero no contagiarme de Sida. Bromeo. ¡Soy blanca!”. Apagó el celular y se sentó feliz en su asiento. 15 horas después, al llegar a Ciudad del Cabo, se enteró que había sido despedida.

Hace un par de meses, Walt Disney despidió al director de “Guardianes de la Galaxia”, James Gunn, por unos trinos ofensivos que había publicado en 2011. “Los comentarios de James en Twitter son indefendibles e inconsistentes con los valores de nuestro estudio. Hemos roto nuestro vínculo con él”, dijo la empresa en un comunicado.

En Inglaterra, el profesor de Física y Astronomía, Nikolaos Balaskas, de la Universidad de York, publicó algunos comentarios ofensivos en contra de los judíos. Un movimiento judío recopiló los posts y se los envió al rector de la universidad. Balaskas fue despedido.

En tanto, en febrero, el New York Times, apenas seis horas después de contratar a la famosa periodista de tecnología de la revista Wired, Quinn Norton, la despidió. ¿Por qué? Por unos trinos homófobos y racistas que había publicado anteriormente en su cuenta.

En 2016, la estudiante Connie Levitsky comenzó a trabajar para Addition Elle, una marca de ropa para mujeres con sobrepeso. Levitsky, en sus primeros días de trabajo, no dudó en publicar el siguiente mensaje: “Conquistando el mundo, una gorda bien vestida a la vez”. La empresa la despidió.

Estos ejemplos no deberían ser la excepción a la regla, sino el común denominador. Habrá quienes consideren que es un atropello a la libertad de expresión, o un abuso por parte de las compañías a nuestros derechos ciudadanos y privacidad. Nuestros derechos y privacidad se acaban cuando violentamos, amenazamos o calumniamos a otras personas o grupos.

Sin embargo, a mi juicio es un costo necesario para poder empezar a depurar un espacio que se habilitó para construir una mejor sociedad. Las empresas pueden y tienen el poder para revertir el infierno en el que se convirtieron las redes sociales.

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