La muerte de un genio

Diego A. Santos - diegosantos1978@gmail.com

Aquellas personas que pueden convertir lo anormal en lo normal, lo imposible en lo posible, y de paso inspirar a toda clase de personas, son genios. Es el caso de Larry Harvey, el fundador del festival estadounidense Burning Man.
Harvey, un perfecto desconocido en Colombia, falleció el sábado pasado a los 70 años. Pocas horas después de conocerse su muerte, medios de todo tipo publicaron extensos perfiles sobre su figura. Desde The Guardian en Inglaterra hasta diarios japoneses.

¿Y qué fue lo que hizo Harvey que lo convirtió en un ser excepcional? Expandir a niveles sin precedentes los límites de la creatividad. Fue el creador de uno de los festivales más emblemáticos que existen en el mundo. Un lugar para vivir una semana sin pensar en el tiempo o el dinero.

Harvey diseñó un evento en el que cada año, decenas de miles de personas, provenientes de todas partes del mundo, se reúnen en un lago seco del desierto de Black Rock, en Nevada, Estados Unidos, para convivir bajo 10 principios y a la espera de la quema de una estatua con la figura de un hombre. La genialidad de Harvey estuvo en desafiar la cordura y crear un emprendimiento que empezó como una pequeña aventura para él, con sus amigos. En esta travesía creó un mundo único en el que se podría decir que aquellos que fueron a Burning Man, regresaron a sus hogares con una visión muy distinta del mundo y de la capacidad humana. Digamos que con una sobredosis de creatividad.

“El lienzo abierto que creó Harvey ayudó a muchos emprendedores de Silicon Valley a retornar a sus trabajos con las mentes preparadas para cambiar el mundo”, escribió el portal TechCrunch sobre Harvey y la subcultura que nació en 1986 en una playa de San Francisco y que en los 90 se trasladó a Nevada.
Por Burning Man han desfilado algunas de las luminarias más brillantes de Silicon Valley. Allá estuvo el fundador de Amazon.com, Jeff Bezos. También los cofundadores de Google, Larry Page y Sergey Brin. Inclusive un tipo viejo y serio como Eric Schmidt, ex CEO de Google, fue allí. En Burning Man no hay estratos. Cualquier persona puede ir. Claro, siempre y cuando pague su entrada, que va desde los US$400 a un poco más de US$1.000, sin contar tiquetes y desplazamientos. Se vive de la economía del trueque, y solo se usa dinero para comprar hielo y bebidas no alcohólicas.

El festival no tiene presencia de marcas y los mejores DJs del mundo van a regalar su talento. Harvey buscaba que a través de la convivencia el individuo se descubriera, ejercitara y confiara en sus propios recursos. Por eso la importancia de llevar todo lo necesario para sobrevivir en el desierto, pues no hay tiendas ni mercados cerca. El trabajo en equipo es obligatorio y se incentiva a que todos se manifiesten libremente a través del arte o del cuerpo. A su vez, una de las reglas es no dejar ningún tipo de rastro de humanidad. Como si nada hubiera pasado allí.

“Se trata de una mezcla esotérica de fuego pagano con el circo de ciencia ficción de Dada en el que algunos se pintan los cuerpos, tocan tambores, bailan desnudos y se ponen disfraces que levantarían suspicacia en Mardi Gras”, es como resumió The Associated Press el festival.

Descanse en paz, Larry Harvey. Qué falta hacen más talentos como usted. Como dijo la diseñadora Paula Mendoza: “se creó la mejor ciudad temporal del mundo”.

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