Relación laboral y el temblor: por qué no existe una respuesta estándar
El 10 de agosto tembló la tierra colombiana para todos por igual. Pero lo que vino después -los daños, los miedos, las urgencias- no fue igual para nadie. Hay quien perdió su casa y hoy no tiene dónde dormir. Hay quien no perdió nada material, pero sí su propia vida o la de un familiar. Hay quien sigue yendo a trabajar como si nada, y quien todavía no logra ni siquiera pensar con claridad. Tuvimos un solo terremoto; tenemos, sin embargo, miles de terremotos distintos, uno por cada historia.
Esa es la primera verdad que como abogado laboralista -y, sobre todo, como colombiano que también sintió temblar su escritorio esa mañana- quiero poner sobre la mesa: la manera de reaccionar frente a la relación laboral no puede ser uniforme, porque la afectación tampoco lo es.
A muchos se nos ha venido a la cabeza la experiencia de la pandemia, todavía fresca en la memoria de empleadores y trabajadores. Sin embargo, desde la perspectiva laboral no resulta comparable. Allá, el punto de partida y los efectos sí eran comunes: un virus que no distinguía sectores, un confinamiento que nos alcanzó a todos el mismo día, un calendario de aperturas que marcaba el mismo compás para casi cualquier empresa del país. Por eso las respuestas pudieron ser, hasta cierto punto, generales. El terremoto no funciona así. Dos negocios a media cuadra pueden amanecer en situaciones opuestas: uno inhabitable, el otro en pie, en perfectas condiciones pero sin clientes que lo visiten. Estos contrastes los he visto de cerca estos días trabajando con hoteles golpeados por cancelaciones y cierres preventivos, pero también con fábricas, comercios y oficinas -el sector es apenas la anécdota. La pregunta inicial siempre es “¿qué tenemos que hacer?”, y la respuesta honesta, incómoda para quien busca un formato único, es siempre “depende”.
Depende de si el daño es temporal o definitivo, de qué tan comprobable es, de qué necesita cada trabajador, de qué tan viable es cada alternativa en esa operación particular. Nuestra legislación laboral, con aciertos y vacíos, ya preveía esa diversidad: el trabajo en casa, las licencias por calamidad doméstica, la suspensión por fuerza mayor, las vacaciones anticipadas, la revisión de los contratos de trabajo, los ajustes temporales de condiciones laborales propios de la subordinación (jornada, oficio, etc.). Ninguna de esas herramientas opera sola ni automáticamente; todas exigen mirar, caso por caso, qué tanto puede sostener esa relación laboral concreta y qué tanto debe ceder.
Esa exigencia, además, no es solo una recomendación de sentido común: tiene respaldo constitucional. El artículo 13 de la Carta no ordena tratar a todos de manera idéntica, sino tratar a cada quien según su propia condición; la igualdad material, a diferencia de la igualdad meramente formal, se construye reconociendo las diferencias reales entre quienes están en circunstancias distintas. Trasladado a la relación laboral, ese principio implica que el empleador no incurre en trato discriminatorio por conceder una licencia remunerada a quien perdió su vivienda y no otorgarla, en los mismos términos, a quien no sufrió ninguna afectación directa; por el contrario, aplicarle a ambos la misma medida desconocería la diferencia relevante entre sus situaciones. O, por ejemplo, por alegar la suspensión del contrato por fuerza mayor respecto de quienes laboraban en un centro operativo que resultó destruido, mientras su personal administrativo sigue con su contrato en ejecución desde las oficinas de la empresa. El propio Ministerio del Trabajo recogió esa lógica en la Circular 0096 de 2026, al invitar a valorar cada alternativa “según las circunstancias acreditadas” en cada caso concreto, sin imponer fórmulas generales ni presunciones automáticas. La individualización, entendida así, no es una excepción a la ley: es su correcta aplicación. Quizás la lección más importante que nos deja este terremoto -distinta a la que nos dejó la pandemia- es que la respuesta correcta empieza por preguntar, no por asumir.
El Eje Cafetero, una de las zonas más afectadas por el terremoto, es también epicentro de una gran enseñanza. Generaciones enteras aprendieron a construir sus casas con bahareque, una armazón de guadua y caña que no se opone al temblor sino que se mueve con él, cediendo de manera distinta en cada tramo para que la casa completa siga en pie. Esa es, quizás, la mejor metáfora de lo que hoy nos exige la relación laboral: no una resistencia uniforme frente a la contingencia, sino la capacidad de ceder y sostener, tramo por tramo, caso por caso.
El terremoto nos alcanzó a todos el mismo día. Lo que hagamos de aquí en adelante no debe alcanzar a todos de la misma manera.