Analistas

Del odio a la esperanza

Diego Gómez

Las votaciones a las consultas del pasado 8 de marzo muestran un país interesante. Los dos extremos convocaron a la no participación y la respuesta fue que se contabilizaron 7 millones de votos válidos por ellas. Esto equivale a 36,4% de los votos al Senado. El mensaje de las urnas es que hay un país que no le copia a los extremos y que terminará siendo el que elija al presidente. Las otras dos terceras partes ya están jugadas, una a cada lado, y solo les queda tratar de que sus electores no se les corran y opten por el tercer camino que propone pasar de los odios a la esperanza. Cada elección transforma y la sociedad aprende; aquí puede estar construyéndose una opción. No parece que la polarización sea el juego ganador.

Daniel Soufi, en el artículo “Declive de la conciencia de clase”, señala que la conflictividad social contemporánea no puede entenderse únicamente como una sustitución de la lucha de clases por rivalidades identitarias, pero sí como una reconfiguración de sus formas de expresión. El declive de la conciencia de clase es reemplazado por expresiones colectivas más complejas. Este fenómeno global se está perfilando en las pasadas votaciones y en la encuesta de Atlas Intel del 12 de marzo.

Durante buena parte del siglo XX, el trabajo funcionó como eje organizador de la experiencia social. La fábrica, el barrio obrero, el sindicato y ciertas formas de sociabilidad cotidiana contribuían a producir vínculos de identificación relativamente estables. Hoy ese entramado es más heterogéneo. La fuerza laboral incorpora trayectorias, géneros, edades, nacionalidades y expectativas mucho más diversas. Esa pluralización puede enriquecer la vida social, pero también dificulta la construcción de una narrativa compartida. El trabajador ya no se percibe necesariamente como parte de una clase, sino como individuo que compite, consume, aspira y gestiona de manera privada sus problemas.

A ello se suma una cultura crecientemente individualista, alimentada por las redes sociales, donde el consumo y la autoimagen ocupan un lugar que antes tenía la pertenencia social. Muchas personas con condiciones de vida de clase trabajadora prefieren imaginarse como clase media, o incluso como futuros ganadores del sistema. En ese contexto, el malestar no se organiza necesariamente contra las estructuras que generan desigualdad, sino que se desplaza hacia la rivalidad entre colectivos. Las votaciones y la encuesta de Atlas muestran que en el país está emergiendo un nuevo colectivo que no se identifica con posiciones radicales basadas en el odio, el miedo o la venganza. Simplemente quieren vivir bien y en paz.

Esta tendencia, además de las altas votaciones por Paloma Valencia y por Juan Daniel Oviedo, se manifestó en otra votación que no aparecía en el radar de las encuestas: la obtenida por las listas al Senado de la Alianza por Colombia, con 1,9 millones de votos. En ella salieron elegidas nuevas figuras que desplazaron a los tradicionales en este movimiento: Lucho Garzón y Jorge Robledo.

Lo importante ahora es que ese hecho político de un nuevo camino pueda seducir a los votantes afincados en ambos extremos. La encuesta de Atlas muestra que Paloma Valencia ya le logró morder una importante tajada de votantes a Abelardo de la Espriella y contener el crecimiento de Iván Cepeda. Estamos en un momento interesante.

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