La informalidad: la gran falla estructural del mercado laboral colombiano
lunes, 28 de septiembre de 2026
Diego Gómez
La gran falla estructural de Colombia es la informalidad laboral. El país ha construido un sistema protector, detallado y exigente en el plano normativo, pero incapaz de incorporar a una parte considerable de la población ocupada. El resultado es una profunda segmentación: quienes acceden a un contrato formal reciben salario mínimo, prestaciones, protección frente al despido y seguridad social; millones de trabajadores permanecen fuera de buena parte de estas garantías.
Esta brecha revela una paradoja. Cuanto más costosa, rígida y compleja resulta la contratación formal, mayores son los incentivos para que pequeñas empresas, trabajadores independientes y actividades de baja productividad operen al margen del sistema. La protección se concentra entonces en una fracción de los trabajadores, mientras las reglas concebidas para favorecer el trabajo digno terminan levantando barreras de entrada a la formalidad.
La informalidad laboral representa un elevado costo económico y social para Colombia porque debilita simultáneamente el financiamiento de la salud, las pensiones y el Estado. En salud, reduce las cotizaciones del régimen contributivo y obliga a financiar con impuestos una proporción mayor de la población, lo que incrementa la presión fiscal y limita los recursos disponibles para mejorar cobertura, calidad e infraestructura.
En materia tributaria, mantiene fuera del sistema una parte significativa de los ingresos, las transacciones y las unidades productivas, estrechando la base gravable y trasladando una mayor carga hacia las empresas y trabajadores formales. En pensiones, las cotizaciones escasas, discontinuas o inexistentes impiden que millones de personas acumulen las semanas y el capital necesarios para obtener una pensión, por lo que durante la vejez dependen de sus familias o de subsidios públicos.
Así, la informalidad genera un círculo acumulativo: reduce los ingresos públicos y parafiscales, concentra las obligaciones sobre un grupo relativamente pequeño de contribuyentes y eleva las necesidades futuras de gasto social, mientras reproduce la vulnerabilidad de trabajadores y hogares.
Colombia requiere avanzar hacia un sistema laboral actual más abierto y flexible, capaz de reconocer la diversidad de relaciones productivas. Esto supone facilitar la contratación por horas y a tiempo parcial, permitir cotizaciones proporcionales al ingreso, reducir los costos administrativos de formalización y separar gradualmente el acceso a la protección social de la existencia de un contrato laboral tradicional. La flexibilidad debería desarrollarse dentro de la formalidad y acompañarse de seguros, capacitación y mecanismos de transición entre empleos.
Los sistemas de dos países reconocibles por sus avances sociales no pueden servir como referencia. Los resultados de Países Bajos muestran una alternativa relevante. Allí conviven contratos indefinidos, temporales, de agencia, de llamado y una amplia utilización del trabajo a tiempo parcial. Estas modalidades operan dentro de un marco formal, con salario mínimo por hora, seguridad social y derechos laborales.
Suecia ofrece otro referente. Su legislación concede amplio espacio a la negociación entre organizaciones empresariales y trabajadores. Los convenios regulan salarios, jornadas, seguros y pensiones ocupacionales, mientras el Estado sostiene la protección social y las políticas activas de empleo.
Una reforma orientada a reducir la informalidad debería evaluarse por su capacidad para incorporar trabajadores, empresas y nuevas modalidades productivas al sistema. Colombia necesita menos barreras para ingresar a la formalidad. Un mercado más abierto puede ampliar las oportunidades. La combinación de flexibilidad, cobertura y capacidad de transición permitiría convertir la protección escrita en protección efectiva.