Petro rendido en la noche del mundo
sábado, 7 de febrero de 2026
Diego Gómez
La reunión de claudicación y sometimiento de Petro al modelo de relaciones internacionales que Trump impone al mundo va más allá de lo que nos es útil en la difícil coyuntura institucional del país. Se trata del alineamiento del “patio trasero”, en el que Colombia debe contar con una estrategia de largo plazo que habilite su proceso de desarrollo y transformación socioeconómica.
En sus análisis recientes, Heather Cox explica una transformación del orden internacional construido tras la Segunda Guerra Mundial. La crisis en torno a Groenlandia, el conflicto persistente en Ucrania, las tensiones en Medio Oriente con Irán y la reacción activa de líderes de Canadá, Francia y Estados Unidos reflejan un escenario donde las reglas multilaterales pierden capacidad de contención frente a lógicas de poder más directas.
Desde 1945, la arquitectura internacional basada en normas, instituciones y alianzas, particularmente las Naciones Unidas y la Otan, buscó limitar la expansión territorial por la fuerza y promover la cooperación como mecanismo de estabilidad. Sin embargo, la invasión rusa de Ucrania evidenció los límites prácticos de ese sistema frente a potencias dispuestas a desafiarlo abiertamente. La guerra no solo ha reconfigurado el equilibrio de seguridad en Europa oriental, sino que ha reactivado una lógica de bloques donde la disuasión militar vuelve a ocupar un lugar central.
En paralelo, las tensiones con Irán, tanto por su programa nuclear como por su influencia regional, muestran cómo los conflictos ya no se canalizan exclusivamente por vías diplomáticas multilaterales, sino mediante presiones económicas, alianzas ad hoc y demostraciones de fuerza. Este contexto refuerza una percepción de transición hacia un sistema más fragmentado, con múltiples centros de poder compitiendo por influencia estratégica. Colombia y Latinoamérica son del eje de influencia norteamericano. La reunión de Petro con Trump no fue otra cosa que avanzar en ese alineamiento.
El caso de Groenlandia, por su parte, resulta especialmente simbólico. La pretensión de control sobre un territorio soberano de un aliado histórico rompe con décadas de consenso sobre integridad territorial. Frente a este giro, la intervención de líderes como los de Canadá y Francia, defendiendo el multilateralismo, la legalidad internacional y el respeto por la soberanía, debe interpretarse como un intento por preservar el orden basado en reglas.
En este contexto, el cambio global de poder no solo se mide en capacidades militares o económicas, sino también en la legitimidad de las reglas que organizan la convivencia internacional. La tensión actual parece marcar el paso de un orden relativamente cooperativo hacia uno más competitivo, donde las alianzas se redefinen y la estabilidad resulta cada vez más contingente. El nuevo gobierno de Colombia debe realinear su política exterior en esta nueva realidad global.
Tanto en Estados Unidos como en Colombia, la democracia es una institución activa y los cambios internos redibujarán también la política mundial. Como todas las sociedades, se vive de la confianza en sus instituciones. El mejor ejemplo son las reacciones del mercado a la elección del nuevo director de la FED. Ante el temor de la designación de un títere abusivo, se debilitó el dólar y se dispararon el oro y los demás activos de reserva. Disipado el temor, vinieron las correcciones en las cotizaciones. Colombia tiene que reconstruir la confianza del mundo en sus instituciones, más allá de la coyuntura de la reunión presidencial en la Casa Blanca.