Analistas 31/08/2026

Reconstruir y transformar

Diego Gómez
PhD, Director ECSIM

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El daño del 10 de agosto ya está hecho. Lo que aún no está decidido -y se decide en los próximos dieciocho meses- es si el occidente colombiano será Friuli o Irpinia.

Conviene no endulzar lo que suele seguir a un terremoto. La evidencia empírica es dura. En Kobe, con toda la capacidad fiscal de Japón detrás, la población y el ingreso medio permanecieron por debajo de su nivel contrafactual durante más de quince años; en 2007 el PIB per cápita seguía siendo 13% inferior al que habría existido sin el sismo (duPont, Noy, Okuyama y Sawada, 2015). En Haití, las pérdidas macroeconómicas promediaron hasta 12% del PIB entre 2010 y 2015 y los datos sugieren que fueron permanentes (Best y Burke, 2019). En Estados Unidos, un siglo de datos muestra que los desastres severos elevan la emigración municipal en 1,5 puntos porcentuales y deprimen precios de vivienda y arriendos entre 2,5% y 5,0%, con un patrón consistente con caída de la productividad local: los no pobres se van, los arriendos bajan y el territorio se convierte en imán de pobreza (Boustan, Kahn, Rhode y Yanguas, 2020). El sismo de San Francisco de 1906 dejó una huella aún más inquietante: las ciudades más afectadas crecieron menos que las menos afectadas hasta finales del siglo XX, no tanto porque la gente se fuera, sino porque los migrantes que venían en camino se desviaron a otra parte (Ager, Eriksson, Hansen y Lønstrup, 2020).

Pero la destrucción no dicta el desenlace. Dos terremotos italianos casi contemporáneos lo demuestran: veinte años después, el PIB per cápita de Friuli crecía 23% mientras el de Irpinia había caído 12% (Barone y Mocetti, 2014). Misma magnitud, misma nación, mismo flujo de ayuda, resultados opuestos. Los autores identifican el mecanismo sin ambigüedad: la ayuda posdesastre puede elevar la eficiencia técnica mediante creación disruptiva, o destruirla si no se previene la corrupción, se distorsionan los mercados y se erosiona el capital social. El mal desenlace es más probable donde la calidad institucional previa era menor.

La evidencia empírica indica tres acciones. Primera: velocidad con trazabilidad. Sin ayuda financiera, el crecimiento anual habría sido hasta 2,2 puntos menor en Irpinia (Barone y Mocetti, 2014); la ayuda sirve, la ayuda capturada mata. Segunda: retener población, no solo reponer ladrillos. El canal de daño permanente es demográfico, y lo que no se recupera no es el capital físico sino la gente y los flujos migratorios desviados. Tercera: no confundir el auge transitorio de la construcción con recuperación productiva.

Colombia tiene una experiencia cercana que debería preocuparnos. El terremoto del Eje Cafetero de 1999 destruyó capital físico, viviendas, infraestructura y establecimientos productivos. La reconstrucción movilizó inversión pública, construcción y empleo. Armenia fue reconstruida en pocos años y evitó un despoblamiento permanente. Sin embargo, la recuperación económica fue mucho más lenta. El desempleo del Quindío pasó de 11,7% en 1998 a niveles cercanos a 20% al comienzo de la década siguiente y permaneció excepcionalmente alto durante más de diez años. La reconstrucción física avanzó mucho más rápido que la transformación del aparato productivo y del mercado laboral.

Por eso debemos hacer mucho más que lo que hicimos en Armenia. Reponer viviendas, vías, hospitales, colegios y redes de servicios puede devolver funcionalidad al territorio. El objetivo tendría que incluir una economía más productiva, diversificada y capaz de generar empleos sostenibles cuando termine el impulso de la reconstrucción. Reconstruir es reponer. Transformar es escoger el camino de Friuli.

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