Analistas 13/04/2026

Un triste país de cafres

Diego Gómez
PhD, Director ECSIM

En una conversación típica entre investigadores sobre desarrollo económico en una universidad europea, se hizo una pregunta franca y dura: ¿cómo en Colombia un gobierno corrupto, ineficaz, que ha deteriorado servicios claves como la salud, la educación y la energía, tiene una aprobación de 37%? Una paradoja del absurdo -les dije-, como las de toda Latinoamérica. Pero me quedé con una sospecha más cruda: es un triste país de cafres.

El país de las emociones tristes es un ensayo de Mauricio García Villegas. Retoma una tradición asociada a Spinoza, que denomina “emociones tristes”: furias, odios, fanatismos, miedos, venganzas y resentimientos. El libro discute cómo ciertas emociones colectivas se vuelven parte de la cultura política, moldean la relación con el poder y alimentan formas recurrentes de anulación del otro. Esas emociones habrían contribuido a reproducir ciclos de violencia, polarización y desconfianza, y también a frustrar propósitos colectivos de paz, progreso y justicia social.

La frase “Colombia es un país de cafres” se atribuye a Darío Echandía, quien fue profesor universitario, presidente de la Corte Suprema de Justicia, presidente del Congreso y presidente de la República. La usó coloquialmente en repetidas ocasiones desde mediados de la década de los 40 del siglo pasado. La decía en medio de los hechos de violencia y corrupción que agobiaban a Colombia y, de hecho, en sus últimos años, antes de su muerte en 1989, se manifestaba profundamente decepcionado del país y de su partido, el Liberal. Este adjetivo también lo usó en muchas ocasiones Álvaro Gómez, desde la orilla ideológica opuesta. Para la RAE, cafre significa “bestia, bruto, cruel”. Su acepción, según la IA, “aplica como adjetivo a aquellas personas despóticas que constantemente infringen las normas sociales y legales, o que intimidan en su cinismo, llegando casi a la delincuencia”.

Una investigación publicada por la Ocde sobre qué explica las preferencias por la redistribución (Bonnet, Ciani, Grimalda, Murtin & Pipke, 2024) encontró que la creencia en la igualdad de oportunidades aparece como el predictor más fuerte de una menor demanda de redistribución: cuanto más cree una persona que el esfuerzo permite ascender, menos redistribución desea. Esto desplaza el debate desde la idea de que la redistribución depende principalmente de “ser rico o pobre” hacia una visión donde importan más las creencias sobre cómo funciona la sociedad.

Los análisis de la Encuesta Mundial de Valores sugieren que el voto regional no depende solo del ingreso o de la ocupación, sino también de cómo se interpreta la incertidumbre, la seguridad y la justicia social (Inglehart & Welzel, 2005). En contextos donde predominan valores de subsistencia, suele haber más énfasis en seguridad económica y física, y menores niveles de confianza y tolerancia; donde predominan valores de autonomía y emprendimiento, el voto expresa mayor confianza en el mercado y la movilidad por esfuerzo. Una región que vota por una agenda más redistributiva podría estar expresando otra experiencia territorial: mayor precariedad, más informalidad, menor acceso a empleo de calidad y una historia de abandono estatal.

Lo complejo, como lo sabíamos en el grupo de investigadores de la reunión citada, es que los estudios sobre desarrollo económico enfatizan que las sociedades progresan, generan inclusión social e instituciones democráticas con la generación de empresas y empresarios, que desatan una dinámica virtuosa de aprendizaje y transformación social. ¿Qué elegirá Colombia?

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