Analistas

Conexión y capacidad de agencia para el aprendizaje

Diego Hernández Losada

Síganos y léanos en Google Discover

La Facultad de Educación de la Universidad de Illinois en Urbana-Champaign organiza anualmente, en octubre, una semana de encuentro, tanto presencial como virtual, entre los estudiantes de sus programas de posgrado en modalidad en línea. Este año, la convocatoria se tituló “Conexión 2026”. Me llamó la atención el cambio de nombre, ya que en años anteriores se denominaba “Encuentro 202X”. Me pregunté por las razones de ese cambio, convencido de que era más que un asunto meramente semántico.

Para comprenderlo, conviene reflexionar sobre el contexto. La educación ha experimentado transformaciones profundas, impulsadas no solo por el avance del conocimiento y los nuevos desarrollos científicos, sino también por el acelerado progreso tecnológico de los últimos años. La transformación digital nos ha permitido trascender los espacios físicos y articularlos con las oportunidades que ofrece la virtualidad.

La educación, el trabajo, las publicaciones y la atención médica en formato híbrido, para citar algunos ejemplos, son hoy realidades con un rasgo común: dependen de la conexión y de recursos digitales que median la interacción humana. La tecnología deja de ser, por lo tanto, un recurso accesorio y se convierte en la mediación que posibilita la conexión.

“Conexión 2026” lo ilustra con claridad. También se realiza en formato híbrido, de modo que quienes asisten en persona y quienes solo pueden hacerlo de manera remota se conectan a la misma experiencia y nadie queda excluido de vivirla. De ahí que el nuevo nombre resulte más apropiado: ya no se trata únicamente de encontrarse en un lugar físico, sino de conectarse más allá de él. Esta resignificación encierra, además, una lección institucional: a medida que la sociedad evoluciona, sus instituciones deben transformarse por iniciativa propia, y no esperar a que otros las transformen.

El cambio no se limitó al nombre; alcanzó también el diseño del encuentro. En primer lugar, hubo flexibilidad: puesto que no todos los estudiantes están en la misma etapa de su programa, sus prioridades e intereses difieren, y la agenda les permitía elegir. Ello no impidió que ciertos contenidos, como la incorporación de la inteligencia artificial en el currículo y las técnicas de manejo de bases de datos, resultaran de interés general y convocaran a todos los grupos. En segundo lugar, y más importante aún, hubo colaboración: quienes han avanzado más en su formación compartieron sus experiencias de aprendizaje con quienes apenas llegan.

El mensaje es claro: la transformación de la educación no reside solo en el avance del conocimiento, sino también en las nuevas formas de aprender. Estas exigen tres condiciones: la tecnología como mediación, un diseño flexible de las actividades de aprendizaje y una pedagogía reflexiva en la que el estudiante sea sujeto activo de su proceso, capaz de razonar y decidir sobre las trayectorias que considere valiosas para su formación. Todo ello supone empoderar al estudiante: en su criterio para elegir y en su capacidad de agencia para lograr lo que se propone.

Los resultados de un aprendizaje así concebido son extraordinarios. La celebración con la que concluyó el evento lo confirmó: quienes asistimos nos sentimos conectados precisamente porque fuimos agentes de nuestro propio aprendizaje.

TEMAS


Transformación Digital - Educación - Virtualidad