Haciendo lectura del plan de educación superior del nuevo gobierno para el cuatrienio 2026-2030, vale la pena destacar un aspecto decisivo para su cumplimiento. El programa del presidente y del vicepresidente electos anuncia: “Llevaremos la universidad a sus casas mediante e-learning de alta calidad, con conectividad y computadores gratuitos, plataformas avaladas por el Ministerio de Educación, usando inteligencia artificial y nuevas tecnologías”.
Esta promesa, leída con cuidado, no describe simplemente una política de acceso tecnológico: describe la necesidad de construir un modelo pedagógico reflexivo centrado en el estudiante y en lo que Cope y Kalantzis (2026) han denominado entornos de aprendizaje “ciber-sociales”, un término técnico surgido de la investigación sobre alfabetización en la era digital que los dos profesores de la Universidad de Illinois han desarrollado.
Construir estos entornos de aprendizaje ciber-sociales exige, en primer lugar, infraestructura, conectividad y dispositivos electrónicos. Este es el paso que el programa de gobierno enuncia con mayor claridad, y su ejecución requerirá un ejercicio riguroso de planeación y optimización de la inversión pública y privada, en el que todos los actores del sistema sumen. En segundo lugar, y de manera menos visible en la propuesta, se requiere una actualización de la política pública (Decreto 1330 del 25 de julio de 2019) que impulse la transformación digital curricular y pedagógica.
Los entornos de aprendizaje ciber-sociales no se sostienen únicamente en la conectividad: exigen contenidos digitales con los que los estudiantes puedan interactuar, tanto para vivir experiencias valiosas de aprendizaje como para desarrollar la inteligencia colectiva y ejercer su agencia mediante procesos personalizados y diferenciados, además de un sistema de evaluación recursivo. Esto, a su vez, demandará acuerdos con aliados internacionales para compartir diseños de experiencias de aprendizaje digitales, sin que ello sustituya la responsabilidad de cada universidad de desarrollar la capacidad para diseñar sus propias experiencias de aprendizaje digitales, conforme a sus apuestas pedagógicas y a lo establecido en sus proyectos educativos institucionales (PEI).
Hasta este punto hemos hablado de recursos y de factores de conversión, en los términos del enfoque de las capacidades (Sen, 1998) que he venido presentando en columnas anteriores. Pero un entorno de aprendizaje ciber-social solo cumple su función si facilita que las personas -profesores y estudiantes- desarrollen la capacidad de transitar por ese proceso de conversión. Esto implica expandir en los estudiantes las capacidades digitales necesarias para moverse en los entornos de aprendizaje ciber-sociales donde interactuarán con sus docentes, sus compañeros y la institución.
A su vez, exige, con la misma urgencia, que los profesores, el personal administrativo y las áreas de bienestar cuenten también con capacidad digital propia. Solo así los estudiantes dispondrán de los recursos necesarios para un aprendizaje satisfactorio, se sentirán atraídos y motivados por el sistema y, en consecuencia, será posible garantizar su retención, permanencia y graduación.
Estos tres niveles -recursos, factores de conversión y expansión de capacidades- no son etapas sucesivas que puedan resolverse por separado, sino condiciones que deben avanzar de manera simultánea, tanto en las universidades públicas como en las privadas, trabajando juntas para promover sinergias, eficiencia y realizaciones valiosas.