Flexibilidad, inclusión y sostenibilidad en la educación superior en Colombia
sábado, 7 de febrero de 2026
Diego Hernández Losada
No es un secreto que desde el Gobierno nacional se impulsa una política pública de ampliación de la cobertura en la educación superior a través del Sistema Universitario Estatal, con gratuidad y basada exclusivamente en la modalidad tradicional de educación presencial, un enfoque que durante décadas fue incuestionable, pero que hoy resulta financieramente insostenible, pedagógicamente limitado frente a los desafíos contemporáneos y que desaprovecha las oportunidades del progreso tecnológico en la era digital.
El modelo pedagógico predominante durante buena parte del siglo XX, centrado en el instructor como responsable de preparar, dictar clase y evaluar, y limitado al tamaño del salón de clase o de los laboratorios, deja por fuera a amplios sectores de la población, por al menos dos razones evidentes. Primero, por asuntos meramente logísticos: el tamaño del espacio restringe el ambiente de aprendizaje. Segundo, por la imposibilidad de muchas familias de asumir los costos asociados no solo a la matrícula, sino también al transporte, la manutención y la permanencia. No es casualidad que, en la actualidad, solo 30% de la población colombiana entre 25 y 64 años cuente con educación universitaria (Ocde, 2024).
Mantenerse en dicho modelo, intensivo en infraestructura física y centrado en la enseñanza y el docente, resulta cuestionable en un país con restricciones fiscales estructurales, presiones crecientes sobre el gasto público y profundas desigualdades territoriales. Pero, además, por su alto costo, limita la posibilidad de expandir la cobertura de educación superior de alta calidad hacia los territorios.
Como está demostrado, el modelo de educación superior unimodal presencial se sustenta en dos supuestos comprobadamente “osificados”: que el aprendizaje ocurre principalmente en el aula física y que los estudiantes aprenden fundamentalmente cuando el profesor les enseña. Hoy sabemos que los estudiantes aprenden de múltiples maneras, en diversos contextos y a través de distintos medios. De allí surge el concepto de multialfabetizaciones, que incorpora -además de la lectura y la escritura tradicionales- lenguajes visuales, digitales, audiovisuales, interactivos y colaborativos.
A su vez, la multimodalidad permite articular distintos formatos -presencial, virtual e híbrido- utilizando plataformas y tecnologías para el aprendizaje que contribuyen a enriquecer las experiencias educativas. Así, se amplían las formas de aprender y se ofrecen alternativas más costo-eficientes, incluso de calidad superior, superando barreras geográficas, temporales y económicas que restringen el acceso a la educación superior, especialmente para jóvenes que viven fuera de los grandes centros urbanos, que trabajan o que son primera generación universitaria.
En este sentido, la multimodalidad no es una concesión pedagógica, sino una estrategia concreta para la equidad, el bienestar y la sostenibilidad que, además, resulta altamente amigable con la naturaleza, la cultura y las costumbres aborígenes en los territorios.
Persistir en un enfoque monomodal presencial y en el Sistema Universitario Estatal como ejes exclusivos de la expansión del sistema implica desaprovechar una oportunidad valiosa para fortalecer el sistema mixto, las multialfabetizaciones y la multimodalidad, y avanzar de manera simultánea, flexible y sostenible en la inclusión de la educación superior en Colombia.