La brecha en el algoritmo humano: Filtros que no figuran en el manual
El debate sobre la equidad en el mercado laboral colombiano suele concentrarse en el seguimiento de las cifras tanto agregadas como desagregadas por autorreconocimiento étnico. Lo anterior, bajo la premisa de que expandir la oferta de puestos de trabajo basta para democratizar el acceso a la formalidad de poblaciones históricamente excluidas. Sin embargo, esta perspectiva de corte macro tiene un supuesto que no se cumple en todos los casos y es que los canales de intermediación y contratación operan bajo una neutralidad absoluta. Existen barreras invisibles que enfrentan las minorías étnicas, y particularmente la población afrodescendiente, donde se demuestra que la generación de empleo formal no disuelve por sí sola los sesgos estructurales en la contratación. Para identificar esta falla, el primer desafío radica en la complejidad metodológica de capturar en una medición ese sesgo implícito.
Según los datos del Departamento Administrativo Nacional de Estadística (Dane), aunque las tasas de ocupación entre afrodescendientes y no étnicos se muestran similares (87% y 89%, respectivamente), la calidad del empleo revela una asimetría profunda: la informalidad laboral en la población afrodescendiente alcanza un preocupante 70,8%, frente a 55,6% en el resto de los trabajadores (Dane, 2023). Los datos históricos de la Gran Encuesta Integrada de Hogares (Geih) del Dane aquí expuestos revelan una paradoja estructural: si bien la senda de recuperación económica logró contraer la tasa de desocupación (TD) de la población negra, afrodescendiente, raizal y palenquera desde un crítico 15,2% a comienzos de 2022 hasta 10,9% en el último año móvil, la brecha frente a quienes no se reconocen bajo ningún grupo étnico-racial permanece intacta.
Con el fin de desentrañar los mecanismos detrás de esta exclusión, un reciente estudio publicado en el Journal of Development Economics por Duryea, Millán-Quijano, Morrison y Oviedo, en el cual la firma Econometría S.A.S. participó en la recolección de información, analizó el ecosistema del Servicio Público de Empleo (Spe) en Colombia mediante una metodología multifacética. El valor de su enfoque radica en que logró aislar y contrastar de manera veraz tres dimensiones del prejuicio en la contratación: el sesgo explícito, el sesgo implícito y el sesgo de facto.
La diferencia observada en las trayectorias de inserción laboral obliga a descomponer el prejuicio en estos tres tipos, los cuales operan de manera simultánea en el mercado laboral: el sesgo implícito, el sesgo explícito y el sesgo de facto. El sesgo explícito abarca aquellas preferencias o actitudes discriminatorias que un individuo reconoce de forma consciente y manifiesta de manera abierta. Por ejemplo, ante preguntas que presenten postulados como: el trabajador negro en promedio es más perezoso que el trabajador blanco. En contraste, el sesgo implícito opera a nivel subconsciente, mediante estereotipos automatizados que se activan de manera involuntaria en la estructura cognitiva del tomador de decisiones, alterando su criterio sin que este lo perciba. Cuando estas dinámicas psicológicas alteran la conducta observable, se transforman en un sesgo de facto, el cual se materializa en la exclusión medible de las minorías dentro de los procesos de selección y contratación. El gran desafío metodológico radica en la captura de información veraz sobre el sesgo implícito. Al emplear encuestas tradicionales con preguntas directas sobre prejuicio racial, los datos se ven contaminados por el sesgo de deseabilidad social, un fenómeno psicológico donde los evaluados ocultan sus verdaderas posturas para alinearse con lo aceptable o políticamente correcto.
Para romper esta barrera metodológica, el estudio recurrió al Test de Asociación Implícita (Iat) desarrollado por la Universidad de Harvard, una herramienta experimental idónea para este propósito. Al medir en milisegundos la velocidad de reacción cognitiva de una persona al emparejar rostros entre distintos grupos étnico-raciales y rostros de personas blancas con atributos positivos o negativos, el Iat anula la capacidad de racionalización consciente, desnudando las barreras automáticas del evaluado antes de que opere el filtro de la corrección social. La robustez de este diagnóstico conductual se consolidó al integrarse con una base de datos masiva que delimita con precisión el marco analítico del paper. Se procesaron registros administrativos de 348.919 hojas de vida de buscadores de empleo formal y 76.557 vacantes del Spe a lo largo de un año, cruzando esta información con el testeo y caracterización exhaustiva de 349 orientadores laborales distribuidos en 80 centros de empleo administrados por 26 cajas de compensación familiar en el país. Esta estructura de datos permitió validar estadísticamente cómo las pulsaciones cognitivas medidas en el Iat score se traducen directamente en asimetrías de selección en el mercado real.
Al dividir a las oficinas de empleo de manera aleatoria en un grupo de control (aquellos orientadores que operaron a ciegas sin recibir información sobre su desempeño) y un grupo tratado (quienes semanas después de esta prueba inicial recibieron un feedback directo mediante reportes personalizados por correo electrónico y llamadas de sensibilización), las curvas de distribución de densidad Kernel aparecen prácticamente superpuestas. Sus medianas se sitúan en niveles casi idénticos de 0,663 para el control y 0,658 para el tratamiento. En la metodología global de Greenwald, cualquier puntuación que supere el umbral de 0,65 puntos representa un nivel severo de sesgo automático antiafrodescendiente.
Esta perfecta simetría inicial demuestra el éxito de la aleatorización econométrica del estudio: ambos grupos experimentales arrancaron el proceso exactamente bajo las mismas condiciones de prejuicio inconsciente, confirmando que el sesgo implícito no es una desviación aislada, sino una constante estadística homogénea y generalizada en el capital humano de intermediación formal del país.
Este bloqueo invisible trasciende la psicología del comportamiento y se traslada con precisión matemática al comportamiento observable en el mercado laboral real, consolidando un sesgo de facto verificable. Al analizar los registros consolidados del estudio, utilizando únicamente la información previa al inicio de la intervención (comprendida entre el 1 de marzo y el 5 de agosto de 2021), los modelos probabilísticos controlados por las características sociodemográficas de los solicitantes demostraron una penalización sistemática. Los modelos revelan que, a igualdad de condiciones en el perfil de los postulantes, las personas que se identifican como afrodescendientes tienen aproximadamente 4,1 puntos porcentuales menos de probabilidades de ser recomendadas para un puesto de trabajo formal que los solicitantes no afrodescendientes. En términos relativos, esta diferencia estadística representa una reducción de 15% en las tasas de remisión institucional. El hallazgo evidenció que los canales de intermediación, lejos de operar como un árbitro neutral, actúan como un filtro inicial que altera las probabilidades de acceso a la formalidad antes de que el empleador final conozca el perfil del aspirante (Duryea, Millán-Quijano, Morrison y Oviedo, 2025).
El estudio también demuestra que el efecto de discriminación es significativo en el sector comercial, donde la reducción de 1,6 puntos porcentuales identificada en este rubro representa una disminución de 27,7% en la probabilidad de que una hoja de vida afrodescendiente sea recomendada frente a una vacante. En contraste, para los sectores de servicios, manufactura y otras actividades asociadas, las estimaciones arrojaron reducciones de 8,2%, 7,5% y 10,3%, respectivamente; cifras que, aunque marcan una tendencia negativa, no resultaron estadísticamente significativas.
Al indagar sobre las razones estructurales detrás de esta anomalía en el sector comercial, las conversaciones informales sostenidas con los orientadores laborales y los representantes de las cajas de compensación familiar (Ccf) ofrecieron respuestas reveladoras. Los testimonios coinciden en que el comercio formal impone un hincapié desproporcionado en la apariencia física del trabajador, especialmente en aquellos empleos clasificados como de baja cualificación. Al intentar predecir y complacer las preferencias estéticas de las firmas privadas para asegurar una colocación exitosa, los orientadores terminan internalizando y replicando estos prejuicios del entorno. Este fenómeno convierte a la raza en un factor determinante para descartar hojas de vida, institucionalizando un filtro subjetivo que penaliza el talento al margen de los manuales operativos institucionales.
Finalmente, al evaluar si la entrega personalizada del feedback conductual a los orientadores del grupo tratado modificaba sus decisiones automáticas en los meses posteriores, las bases de datos administrativas del Spe revelaron un impacto nulo: conocer el propio prejuicio subconsciente no alteró las asimetrías de remisión de hojas de vida. No obstante, para el análisis económico riguroso, es imperativo reconocer las limitaciones estructurales de la información disponible. La imposibilidad de acceder a registros de remisión individualizados por cada funcionario obligó a agregar los indicadores a nivel de centros de empleo. Asimismo, la participación voluntaria de las 80 oficinas en el estudio introduce un desafío latente a la validez externa de los resultados. Sin embargo, lejos de diluir el hallazgo, estas restricciones metodológicas confirman que nos enfrentamos a un problema sistémico y no a desviaciones individuales, validando que el Iat score promedio de una oficina es un predictor robusto de la exclusión de facto.
Este estudio viene a llenar un vacío crítico en la literatura económica de los países de ingresos bajos y medios, donde la discriminación racial en el mercado laboral sigue siendo un área inexplorada, principalmente por la histórica escasez de datos. La evidencia recolectada demuestra una cruda realidad: a pesar de que los canales tradicionales de encuesta reflejan una supuesta imparcialidad verbal, el sesgo implícito de los orientadores, generalmente desconocido por ellos mismos, guarda una relación directa y perjudicial con su desempeño laboral. Cuando el perfil supera el filtro del centro de empleo y llega a la firma privada, la probabilidad de que el candidato afrodescendiente sea seleccionado cae 23%. Este comportamiento estadístico comprueba que el racismo estructural no se origina únicamente en las decisiones finales de las empresas, sino que genera un incentivo perverso para que el orientador asimile los prejuicios del entorno con el fin de maximizar la efectividad de sus remisiones.
Lo anterior muestra la importancia de transitar hacia sistemas de emparejamiento ciego en las plataformas de intermediación, anonimizando variables sociodemográficas en las fases de preselección inicial, e integrar la comprensión de estos sesgos tanto en consejeros como en empleadores para afinar futuras intervenciones. Existe un horizonte de optimismo metodológico: tal como lo demostró la evidencia de Miller (2017), los programas focalizados a corto plazo tienen la capacidad de generar transformaciones sostenibles y de largo plazo en la composición racial de las firmas.
Romper los filtros invisibles del mercado no es un asunto de buena voluntad, sino de diseñar una infraestructura técnica que impida al prejuicio humano truncar el destino profesional de los colombianos.