Seguridad alimentaria: La deuda pendiente con el norte del país
En el extremo norte del país, donde la geografía colombiana se funde con el Caribe, se alza la Serranía de la Macuira, un lugar que desafía la lógica del desierto wayuu. Este ecosistema de bosque nublado, único en la zona de la Alta Guajira, funciona como oasis crítico y regulador hídrico en una región marcada por la aridez. Es aquí, en el Parque Nacional Natural Macuira (PNN Macuira), donde la desertificación y la variabilidad climática amenazan la seguridad alimentaria de su población.
Este departamento, a su vez, ha enfrentado una realidad social apremiante. Según los datos más recientes del Dane, La Guajira encabeza las estadísticas nacionales de inseguridad alimentaria. Bajo la metodología Food Insecurity Experience Scale (Fies, por sus siglas en inglés), que mide el acceso a los alimentos en términos de cantidad y calidad, el departamento registró una prevalencia de inseguridad alimentaria moderada o grave de 52,4% en 2024. Esta cifra no solo es la más alta del país, sino que duplica el promedio nacional, que se sitúa en 25,5%, lo que evidencia una brecha crítica en el acceso básico a la nutrición, situación que exige soluciones estructurales y urgentes.
Para abordar esta problemática, el programa “Restaurar para conservar, nutrir y producir”, realizado por Fundación Alpina, partió de un diagnóstico detallado de los productores participantes que habitan el PNN Macuira. La caracterización de los participantes revela un entramado social de hogares multigeneracionales, compuestos en promedio por 4,02 integrantes. La estabilidad de los grupos familiares permitió que los mismos 33 productores pudieran ser seguidos desde el momento en que se trabajó en la línea base hasta cuando se produjo la evaluación final. Demográficamente, se trata de una población madura: 56% de los productores tenía entre 29 y 59 años al inicio del programa, mientras que 38% superaba los 60 años. Estos últimos proporcionaban la legitimidad y el conocimiento ancestral necesario para la sostenibilidad del proyecto.
En términos de equidad, la participación femenina fue predominante y constante, representando 56% del total de productores. Por otra parte, las brechas educativas y económicas marcaron el punto de partida del desafío: al inicio, 52% de los productores contaba únicamente con educación básica primaria y 82% percibía ingresos inferiores al salario mínimo.
Bajo este contexto se desarrolló el programa “Restaurar para conservar, nutrir y producir” entre la Fundación Alpina y Fondo Acción, una alianza estratégica para intervenir áreas críticas del PNN Macuira. El proyecto se trazó objetivos ambiciosos: recuperar ecosistemas degradados, fortalecer la seguridad alimentaria y empoderar a mujeres y jóvenes mediante el ahorro autogestionado y la transferencia de conocimiento técnico. Para validar este programa, la firma Econometría Consultores realizó una evaluación de resultados basada en dos levantamientos de información (línea base 2023 y línea final 2025), lo que permitió capturar con rigor estadístico los efectos reales del programa.
Uno de los principales logros fue la transición hacia sistemas agroecológicos. Mientras que al inicio la elaboración de abonos y el uso de regeneradores de suelo eran marginales (12% y 4%, respectivamente), el proyecto cerró su ciclo con una adopción de 100% en ambas prácticas. Este salto técnico, que llevó el enrastojamiento de 0% a un sólido 75,8%, demuestra que la resiliencia climática es el resultado de fortalecer capacidades para una sostenibilidad productiva. Esta transformación no fue solo técnica, también lo fue en la ampliación de los mercados.
Se logró diversificar el portafolio agrícola, pasando de una dependencia histórica del maíz (43,5%) y la yuca (30,4%) a un esquema en el que aumentó la participación de hortalizas de ciclo corto. Al cierre del programa, el tomate representó 30,3% de la producción y el cilantro 27,3%, complementados con cebollín, ají y pimentón. En el componente pecuario, aunque los caprinos siguen siendo el eje central (73,7%), la inclusión de ovinos (21,1%) y bovinos (5,3%) ha incrementado la base de proteína disponible. Este cambio permitió que la participación en mercados de trueque y campesinos saltara de 17,7% a 40,3%, consolidando excedentes que están dinamizando la economía local.
Sin embargo, este avance carecería de sentido sin una estrategia de seguridad hídrica. En un entorno de extrema escasez, el tratamiento de aguas residuales y la conservación de la vegetación pasaron de niveles nulos a una adopción de 100%. Innovaciones como la instalación de bebederos artificiales (81,8%) y el manejo de rondas hídricas (72,7%) transformaron el panorama, logrando además duplicar el reconocimiento cultural en la gestión de sitios sagrados, que ascendió a 57,6%. Esta evolución demuestra que, ante la presión climática, la integración de medidas de uso eficiente es una solución para el soporte real que permita sostener la vida y la productividad en la Alta Guajira.
Los resultados de la evaluación demuestran que el fortalecimiento de la autosuficiencia, impulsado por nuevas prácticas sostenibles y por la seguridad hídrica, trasciende lo productivo para convertirse en un hito de equidad. Las mujeres, que representan 56% de los productores, han asumido un liderazgo comunitario sin precedentes al gestionar huertas y sistemas de agua con tal eficiencia que sus ingresos promedio hoy igualan o superan a los de los hombres en el territorio.
El proyecto no solo sembró semillas, sino que consolidó capital social: la vinculación a asociaciones escaló de 6,1% a 42,4%, transformando la participación comunitaria de una actitud pasiva a un rol protagónico y autogestionado. Un pilar determinante en esta evolución ha sido la gestión financiera comunitaria. A través de la conformación de grupos autogestionados de ahorro y crédito, se logró que 100% de los productores vinculados a asociaciones participen hoy en esquemas de ahorro colectivo. Lo anterior ha permitido mitigar la fragilidad económica de una población donde 82% percibe ingresos inferiores al salario mínimo.
No obstante, permanecen retos estructurales que la producción local por sí sola no puede resolver. El retroceso en el acceso a las tres comidas diarias afecta a 57,6% de los hogares. Lo anterior coincide con la disminución de programas de ayuda alimentaria externa, lo que evidencia que la soberanía aún es frágil. Para que estos excedentes se transformen en ingresos sostenibles, el país debe saldar deudas pendientes en infraestructura, conectividad y servicios financieros con la Alta Guajira. La experiencia en la Macuira demuestra que integrar saberes ancestrales con rigor técnico es el camino correcto, pero también que la sostenibilidad alimentaria plena requiere de un compromiso institucional que trascienda los ciclos de los proyectos y garantice condiciones de mercado justas para quienes hoy custodian el norte del país.