Analistas 15/04/2023

De estado de opinión a confusión

Edgar Papamija
Analista

Llama la atención que son economistas europeos, quienes elaboran las propuestas novedosas de líderes y políticos del mundo a los retos postpandemia. Es claro que el consenso de Washington hace aguas frente a los excesos del mercado, la desigualdad, la concentración de la riqueza y los efectos climáticos de la industrialización que destruye el medio ambiente. Fue necesario que la humanidad comprobara su impotencia, al enfrentar la pandemia con métodos medievales, para entender que el futuro no era la explotación desmedida sino la reconciliación con la naturaleza.

Parte de la discusión se centra en el tipo ideal de gobernanza, para hacer los ajustes económicos y políticos que permitan enfrentar la crisis más atemorizante del planeta, pues es nada más ni nada menos que la supervivencia de la especie humana. En ese empeño, Janos Kornai, economista húngaro, afirma sin vacilaciones que la democracia es insustituible en el propósito de generar condiciones para la innovación que reclama la sociedad del siglo XXI, urgida de un viraje impostergable hacia el desarrollo sostenible, y hace un recuento histórico para demostrar que los más grandes avances tecnológicos de la humanidad se han dado bajo ese sistema, sin desconocer los efectos de las grandes conflagraciones mundiales.

En consecuencia, es imprescindible depurar las reglas del pacto social para que los tres poderes mantengan el equilibrio sin caer en la autocracia, en la corrupción, o en el indeseable gobierno de los jueces, para construir el futuro. En democracia la Constitución establece los límites para el ejercicio del poder, pero los gobernantes, si quieren acertar, no pueden ignorar la sentencia de Tocqueville: “Nuestros contemporáneos están incesantemente atormentados por dos pasiones enemigas: sienten la necesidad de ser guiados y el deseo de permanecer libres”.

En Colombia, Petro que conoce a Montesquieu y seguramente a Tocqueville, muestra en los foros internacionales su habilidad para exponer teorías sobre los retos contemporáneos y tal vez eso explica su inclusión en la lista de los cien líderes de la revista Time. Lo preocupante es que internamente maneja varios discursos, dependiendo de los auditorios, y genera gran confusión cuando en el campo de las determinaciones abandona el rigor conceptual de sus autores predilectos y cae en la retórica, en frases grandilocuentes o en disquisiciones políticas de variada interpretación. Lo más grave es que hay expresiones suyas, que no parecen orientadas a buscar el consenso, o al menos a generar ese clima de paz y esperanza que anhelan los que votaron por él y los que no lo hicieron.

Con relación a los nombramientos del Presidente, muchos nombres, sacados de misterioso cubilete, no corresponden al compromiso de moralizar la función pública. Hay funcionarios de sospechosa acomodación ideológica, ministros, embajadores y oportunistas, reconocidos actores de la vieja clase política que buscan resucitar, hábilmente camuflados en el barullo del Pacto Histórico.

Las cosas no están saliendo bien y hay confusión en la opinión. No se siente unidad de mando y por momentos pareciera que la soberbia desplaza la humildad que el ejercicio de la democracia exige. Afortunadamente, si se quiere, todavía hay tiempo para revisar el rumbo y consolidar el cambio.

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