Pasión que mueve la economía
Todavía siento ese eco vibrante en el pecho. Estar ahí, en medio de 64.000 almas pintadas de amarillo en el Hard Rock Stadium de Miami, cantando nuestro himno nacional, fue una experiencia de esas que te explotan el corazón.
Ese empate 0-0 ante la Portugal de Cristiano Ronaldo no fue un simple resultado deportivo que nos metió de primeros en el Grupo K; fue la demostración viva de lo que somos capaces de lograr como país cuando nos une la pasión.
Pero más allá de esa emoción tremenda que compartí en la tribuna, con mi chip de hombre de Estado, no puedo evitar traducir esa energía en cifras reales, porque esa fuerza que se siente en el alma también se siente en el bolsillo de la gente y en el movimiento de la economía, tanto allá en la Florida como aquí en casa.
Hay una relación perfecta entre la fuerza que brota de la hinchada y el movimiento comercial. Esa misma piel erizada se reflejó de inmediato en la economía.
The Wall Street Journal y Marca confirmaron que este partido fue el más caro de toda la fase de grupos de este Mundial 2026, sin incluir los juegos de los países anfitriones. Las boletas más baratas en reventa tocaron los US$2.500 -superando los US$2.109 del Super Bowl de 2025- y las entradas VIP oscilaron entre los US$3.500 y los US$50.000.
Este es el resultado de juntar el imán de figuras mundiales como Cristiano Ronaldo -que ya ha vendido más de 1,2 millones de camisetas-, el gran momento de nuestros James Rodríguez y Lucho Díaz y, por supuesto, el empuje de nuestra comunidad: casi 700.000 colombianos que viven en la Florida y los 409.000 que viajaron, consolidando a Colombia como el país que más turistas le aportó a Miami. Esa alegría desbordada prendió los motores de una “economía paralela” que cruza fronteras. Mientras los restaurantes colombianos en Kendall, Doral y la Pequeña Habana aumentaron sus ventas más de 45% y los estacionamientos del estadio cobraban entre US$75 y US$175 por vehículo, en Colombia la fiesta disparaba la economía interna a niveles nunca antes vistos en primera ronda.
Hagamos cuentas: cada vez que la Selección sale a la cancha, se mueven cerca de $60.000 millones en consumo en nuestro país. Las casi 450.000 tiendas de barrio suben sus ventas 30% en bebidas y pasabocas.
Un hincha promedio en el país se está gastando entre $1,2 millones y $5 millones en esta temporada mundialista: ya sea metiéndole entre $380.000 y $700.000 a la camiseta y los accesorios, invirtiendo hasta $3,5 millones en un mejor televisor para la sala, o sumando $1.800.000 que cuesta llenar las 980 láminas del famoso Álbum Panini si se opta por no hacer cambios.
¿Por qué insisto en comparar el fútbol con la economía? Porque esto nos demuestra que el entusiasmo, cuando se acompaña de confianza y de una buena vitrina ante el mundo, genera una riqueza impresionante. Invertir en lo que nos hace grandes siempre da buenos frutos.
Esa es, exactamente, la misma fórmula que estamos aplicando con todo el rigor desde la Gobernación para transformar el Atlántico. Entendimos que para enamorar a los grandes inversionistas del mundo no podemos quedarnos cruzados de brazos esperando en un escritorio; tenemos que salir a jugar en la cancha internacional, erizarles la piel mostrándoles de lo que somos capaces y demostrarles que el Atlántico es un territorio conectado, con empuje y con las finanzas más ordenadas del país.