Sin crecimiento no hay paraíso
La tecnología marcará el rumbo de la economía. Para lograr una mayor inclusión financiera y evitar el “gota a gota”, liberando así a 10 millones de personas de la esclavitud de las deudas, se requiere una regulación que promueva la democratización de capitales y la innovación.
La tarea más relevante de esta generación es alcanzar un crecimiento económico que eleve el PIB al menos a 6% anual. Esto exige austeridad y control del gasto público para ampliar la capacidad de acción, además de contar con la infraestructura adecuada y mejores condiciones sociales.
El crecimiento debe construirse con competitividad. El gran esfuerzo debe enfocarse en la reducción y modernización del Estado, con menos trabas y mayor agilidad para brindar oportunidades a quienes sufren, a quienes necesitan mejor atención en salud. Apuntemos a una educación más actualizada.
Un país de regiones como el nuestro debe diseñar su proceso de desarrollo fundamentándose en el conocimiento avanzado. Colombia tiene talento, pero hay que perfeccionarlo.
Crecimos a 4% anual hasta el año 2014; desde entonces, hemos caído a 2.5% y, en el último año, solo alcanzamos 1,6%. Lo crucial será elevarnos a 6% anual. De esa manera pasaremos de un PIB actual de US$457.000 millones a US$1.900.000 millones en 25 años, alcanzando así una economía similar a la de España o Corea del Sur.
Nuestro proceso de crecimiento se desplomó debido a la falta de productividad y a la notable disminución en la modernización tecnológica. Invertimos 30% por debajo de lo que hacen los países que lograron desarrollarse.
Para transformar la economía y alcanzar nuestro máximo potencial productivo, el Estado debe impulsar el desarrollo de nuevas tecnologías con inteligencia artificial y apoyar más a los empresarios.
Tenemos que acelerar la transición hacia la “soberanía energética” con fuentes de energías renovables que garanticen autosuficiencia y estabilidad.
El reto consiste en traducir el ahorro en inversión. En Colombia ha decrecido el volumen de recursos destinados a la inversión dirigida; el ahorro se ha estancado y cada vez invertimos menos en nuevas tecnologías.
Lo fundamental es contar con un portafolio de proyectos estratégicos llevados a Fase 3 y hacerlos bancables, facilitando el destrabe de licencias, consultas y trámites.
La tarea no se limita únicamente a formular proyectos: hay que llevarlos a etapas avanzadas de verdadera ejecución. Debemos ser un país dedicado a la tecnología, con mayor inclusión financiera e innovación, y con un acompañamiento constante a los pequeños negocios para que logren la digitalización de sus pagos y el acceso al crédito.
Necesitamos impulsar nuevos modelos de negocio con aplicaciones productivas, mayor educación y un talento con bilingüismo garantizado, para que los jóvenes puedan acceder al mundo moderno.
Estas son las bases para construir una “política de Estado” orientada a mejorar la competitividad y acceder a mercados más atractivos. Se requiere una reforma que modernice las reglas del mercado, atraiga la inversión y facilite el acceso de capitales.
Hay que construir una estrategia de futuro basada en el crecimiento y sin excusas. El gobierno debe acompañar, no sustituyendo la inversión privada en innovación y modernización, sino brindándole todo el respaldo necesario para que prospere. Al verdadero paraíso solo se llega con un crecimiento dirigido.