Analistas

Empalme económico

Edwin Maldonado

Hoy Colombia cambia de gobierno en medio de una transición empañada por contratación acelerada, nombramientos exprés y un empalme administrativo inconcluso. Pero el empalme que realmente condicionará los próximos cuatro años no es el de las actas. Es el económico. Ningún presidente empieza de cero: recibe una economía con determinado crecimiento, inversión, inflación, empleo y margen fiscal.

Petro recibió una economía en pleno rebote pospandemia. La pregunta honesta es qué recibió y qué entrega.

La pobreza monetaria pasó de 36,6% en 2022 a 28% en 2025, un avance real, aunque similar al de toda América Latina. El Dane muestra que no fue por la política social: las transferencias del gobierno nacional bajaron y las compensaron los gobiernos locales. El motor fue el ingreso laboral, pero buena parte proviene de ocupaciones informales: muchas familias siguen expuestas a volver a caer.

El desempleo bajó de 10,6% a 8%, pero el Estado desplazó al sector privado. De los 650.000 puestos creados en el último año, 457.000 fueron por cuenta propia y 370.000 en el sector público; el empleo asalariado privado tuvo su peor arranque de año desde la pandemia.

Tampoco se resolvió el problema de calidad: la informalidad permanece en 55,6% y la productividad laboral cayó 0,56% en 2025. Más gente trabajando, produciendo menos.

El crecimiento resume el balance: 0,7% en 2023, 1,7% en 2024, 2,6% en 2025 y 2,8% proyectado para 2026. Un promedio cercano a 2%, el peor cuatrienio del siglo y muy por debajo de 3,8% histórico. Pero el problema no fue solo cuánto creció, sino cómo. La inversión cayó a 16% del PIB, su nivel más bajo en dos décadas, mientras el gasto público superó 18%; la inversión extranjera cayó 33,2% frente a 2022 y sectores clave -construcción, infraestructura, minería, energía y manufactura- perdieron dinamismo.

La inflación bajó frente al pico de 2022, pero menos y durante menos tiempo que en la región: en junio volvió a 6,14%, la cuarta más alta de América Latina. El alza del salario mínimo obligó a mantener una política monetaria restrictiva que revaluó el peso y restó competitividad a los exportadores.

El frente fiscal es el más preocupante. La deuda pasó de $805 billones en agosto de 2022 a $1.167 billones: el mayor incremento de la historia del país, 5,2 veces el del gobierno Duque -que enfrentó la pandemia- y superior al de los cinco gobiernos anteriores sumados. No lo respaldaron obras ni ingresos: la reforma tributaria de 2022 recaudó menos de lo previsto y dos reformas posteriores fracasaron.

Por eso el déficit primario, que excluye intereses, pasó de 0,9% del PIB en 2022 a 3,5% en 2025, el más alto en dos décadas sin contar la pandemia. Se presenta como logro el pago al Fmi, pero la deuda interna creció 86% con emisiones cercanas a 14,5%: se cambió deuda multilateral barata por deuda interna cara. Este año el país pagará casi lo mismo en intereses que todo el presupuesto de inversión. No sorprende que S&P bajara la calificación a BB-, la más baja desde 1993.

El nuevo gobierno no recibe solo una economía que crece poco y mal: recibe crisis latentes. Menor empleo formal privado, menor inversión, menor productividad y mayor presión fiscal se suman a un sistema energético al límite y a una seguridad deteriorada. Son bombas que estallarán si no se toman medidas urgentes. Evitarlo exigirá disciplina fiscal, reglas de juego estables y una agenda que devuelva la inversión privada al centro del desarrollo. Porque ningún país reduce la pobreza de manera sostenible si antes no crea riqueza. Ese es el verdadero empalme económico que hoy recibe Colombia.

TEMAS


Pobreza monetaria - Pobreza multidimensional - Déficit fiscal