Analistas 23/04/2026

Racismo disfrazado

Eric Tremolada
Dr. En Derecho Internacional y relaciones Int.

La reciente destrucción de una estatua de Jesucristo en el sur del Líbano por parte de un soldado israelí ofrece una oportunidad para preguntarnos si los conflictos actuales responden a un “choque de civilizaciones” o, más bien, a una lógica de racismo y exclusión.

Más allá de la rápida condena de Benjamín Netanyahu y del Ejército israelí para mitigar la indignación global, la acción del soldado, quien se grabó destruyendo el símbolo con un hacha, refleja una sensación de impunidad y fanatismo que trasciende lo militar. Este hecho, que en Occidente se vuelve mediático por tratarse de un símbolo cristiano, contrasta con las profanaciones de templos musulmanes, muchas veces sin que medien disculpas oficiales.

El politólogo Samuel Huntington popularizó la tesis del “choque de civilizaciones”, argumentando que los conflictos futuros se darían por una supuesta “inconmensurabilidad” entre órdenes culturales y religiosos, en especial entre Occidente y el mundo musulmán. No obstante, esta visión no es pacífica entre intelectuales que discrepan del uso fácil y, en muchos casos, fraudulento del término “civilización”, que envuelve conceptos de etnia, religión y raza bajo una etiqueta aparentemente neutral.

Antonio Cazorla, en El País, señaló que Huntington y otros defienden un proyecto estratégico orientado a proteger la identidad y la seguridad de Occidente frente a lo que perciben como amenazas: el multiculturalismo interno y la inmigración masiva. Esta narrativa no es nueva; entronca con el racismo iniciado por autores como Gobineau, quien ligaba la decadencia de las sociedades a la “mezcla de razas”. Así, cabe preguntarse si hablar de civilizaciones no es, en realidad, una forma sofisticada del viejo lenguaje racista.

Los hachazos en el Líbano no serían, entonces, un episodio aislado de una supuesta “guerra entre culturas”, sino parte de un proyecto de exclusión que señala a ciertos grupos como “elementos inasimilables”. Al definir una civilización como superior, se justifica la primacía de la fuerza sobre la razón, bajo la premisa de que no se puede negociar con “enemigos naturales y eternos”.

Cazorla -a diferencia de Huntington- remite al pasado para recordar que los conflictos más mortíferos y extensos no se dieron entre civilizaciones, sino dentro de ellas. Interpretar la violencia únicamente como una lucha religiosa o cultural ignora que el concepto de “civilización” se utiliza hoy para azuzar miedos sociales y proteger a élites depredadoras, ocultando un racismo estructural que deshumaniza al otro para justificar su destrucción.

Hoy, sin tapujos, se instrumentaliza la inmigración para incitar miedos sociales ante un supuesto ocaso inminente. Esto permite a las élites presentarse como defensoras de una identidad amenazada, mientras conservan el control de las estructuras de poder y legitiman políticas de exclusión.

Huntington defendía esta postura porque creía que la supervivencia de Occidente dependía de su capacidad para mantenerse como un bloque cultural unido frente a un mundo que describía como una lucha entre órdenes culturales incompatibles. Una visión que, lamentablemente, funciona con frecuencia como un “sustituto sofisticado del viejo lenguaje racista”: cultura y civilización convertidas en justificación de la segregación y de la primacía de la fuerza sobre la razón.

Los hachazos que padeció el Cristo -más allá del sacrilegio- son el síntoma de un sistema que utiliza la identidad cultural como un arma de exclusión y dominación.

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