Circula un ranking de la Federación Mundial de Obesidad. Estados Unidos, 42,7%. Chile, 39,7%. México, 36,9%. Colombia aparece con 24,3%. Japón, 5,6%. Corea, 7,2%. Francia, 10%. La tentación es leerlo como consuelo: “no estamos tan mal”. El Atlas completo dice otra cosa: 26% de los adultos colombianos vive con obesidad y 64% tiene el IMC elevado. Hacia 2030 serán más de 27 millones con exceso de peso. Un país no se salva por quedar a mitad de tabla. Se enferma en silencio.
Un 24,3% no es un empate técnico con Europa. Es la foto de un país que dejó atrás la desnutrición como drama único y no armó a tiempo el otro frente. La Ensin ya lo venía diciendo: más de la mitad de los adultos con exceso de peso. En niñas y adolescentes el salto después de la pandemia fue brutal. El sedentarismo nos pone entre los más inactivos de América Latina: 44% de los adultos no cumple los 150 minutos semanales. Son más de 23 millones que no se mueven. El cuerpo no negocia con el ranking. Negocia con la silla, con el domicilio, con la calle que no se puede caminar.
«Un país no se salva por quedar a mitad de tabla. Se enferma en silencio.»
Japón y Corea no ganaron la tabla por milagro metabólico. Ganaron porque el movimiento sigue siendo parte de la vida ordinaria: transporte activo, calle caminable, escuela que no sustituye el recreo por pantalla, comida que no es solo caloría barata. Chile y México son el espejo de al lado: misma región, misma oferta ultraprocesada, misma ciudad diseñada para el carro. Si Colombia se queda en el “todavía no es tan grave”, 24% se parecerá a 36% más pronto de lo que el Excel admite.
Esto no es un sermón contra quien carga kilos. La obesidad no es un defecto moral. Es una enfermedad y un costo de Estado. Al sistema de salud se le ha estimado un impacto de más de $10 billones al año; 11% del gasto sanitario está asociado a ella. Un trabajador con obesidad le cuesta a la empresa más de seis veces. Ausentismo, hipertensión, diabetes, corazón. El trámite invisible de un país que paga la consulta y no paga el parque.
Aquí aparece lo que el ministerio sí tiene y casi nunca entra en el ranking. Hevs: en 2025, cientos de miles de personas en grupos comunitarios, vías activas, festivales, monitores en 268 municipios. En tres años, más de 1,4 millones alcanzados por programas de actividad física. El Intercolegiado mete a 640.000 escolares en la cancha. Eso no es folclor. Es la única política barata que compite con el ultraprocesado. El problema es la escala: un grupo de 50 en el parque no equilibra una ciudad que sacó al niño de la calle y lo sentó frente al celular.
Un país serio no celebra quedar por debajo de México. Invierte en lo que Japón da por obvio: acera, recreo, monitor, mercado de comida que no premie solo lo barato y lo dulce. El deporte no es medalla. Es salud pública con sudor. Hevs no es un evento de diciembre. Es la red que falta cuando el ranking todavía nos deja dormir.
Un 24,3% no es un alivio. Es una advertencia con tiempo. El milagro, otra vez, no está en la tabla. Está en si mañana el niño camina a la escuela y el adulto tiene a dónde salir a moverse sin pedirle permiso al miedo.