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James, el niño que llegó más lejos

Ernesto Lucena Barrero

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James se despidió de la Selección. 131 partidos. 31 goles. El Balón de Oro de Brasil 2014. El 10 con el que un país entero aprendió otra vez a soñar en grande. A los 35 años cierra el ciclo amarillo y se queda en Nacional, a un penal de distancia de la gente que lo vio nacer. El anuncio es de un capitán. La historia, de un niño.

Nació en Cúcuta. A los tres años el padre biológico se fue. Lo criaron su madre, Pilar, y el padrastro que sí se quedó. No hubo juguetes de vitrina: hubo pelotas. Ibagué, el Pony Fútbol, Envigado, el salto a Argentina siendo casi un adolescente. El fútbol no le pidió acta de familia. Le pidió zurda, oficio y hambre. Y él pagó con creces.

Eso es lo que un niño colombiano entiende cuando lo ve: que se puede. Que el barrio no es sentencia. Que una pierna izquierda bien trabajada puede llevarte de la frontera al Bernabéu. Esa es la parte que el país celebra, y está bien celebrarla. Es cierta.

Hay otra que casi nunca entra en el video de despedida.
«Un talento que explota a los quince no es solo un prodigio. Es un menor de edad lanzado a un mercado de adultos».

James tuvo madre, tuvo padrastro, tuvo genio. No siempre tuvo -como tantos- el acompañamiento psicológico constante ni la figura que sostiene cuando el aplauso se apaga y queda el vacío. El fútbol forma el pie. Rara vez forma el carácter a la misma velocidad con que llegan la fama y el dinero.

De esa desproporción salen los errores. No hace falta recitarlos. Quien siguió su carrera los vio: clubes que no cuajaron, silencios, decisiones que el talento no alcanza a cubrir. La factura no anula el legado. Lo explica. Un niño puede llegar a lo más alto y, al mismo tiempo, pagar el precio de haberlo hecho sin el andamiaje que todo adolescente necesita: alguien que no sea el agente, ni la cámara, ni la grada.

Eso no es un ajuste de cuentas con el jugador. Es un ajuste de cuentas con el sistema que lo produjo. Clubes que fichan al menor y no contratan al psicólogo. Federaciones que miden convocatorias y no millas emocionales. Un país que pide al 10 que sea símbolo, padre, marca y santo, y se enfada cuando resulta ser un hombre.

En las charlas de Innovación del Ser aparece siempre la misma escena: gente brillante que funciona hacia afuera y se deshace hacia adentro. El alto rendimiento no inmuniza. A veces agrava. Porque el vacío viaja en primera clase igual que en bus.

James se va de la Selección habiendo dado, como él mismo dijo, absolutamente todo. El país le debe el gol de Brasil, la fe de 2014, la camiseta que un pelado de Cúcuta o de Bosa se pone los domingos.

Le debemos, también, una lectura adulta: el próximo crack no necesita solo un ojeador. Necesita un adulto que se quede cuando el padre no está, un profesional que hable de la cabeza con la misma seriedad con que se habla del isquiotibial, y una afición capaz de amar al ídolo sin pedirle que no sea humano.

El niño llegó más lejos de lo que el mapa permitía. Eso es una victoria. Que el sistema siga mandando menores al mundo sin red no lo es. Su adiós no cierra solo una era. Abre una pregunta: ¿cuántos más vamos a empujar a lo más alto sin enseñarles a sostenerse cuando el himno se acaba?

Gracias, James. El 10 queda. El oficio, ahora, es no repetir la soledad.

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