La paz también se entrena
sábado, 12 de septiembre de 2026
Ernesto Lucena Barrero
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Kevin Santiago Ángel Garzón tenía 31 años y enseñaba tecnología en el Colegio Santiago de las Atalayas, en Bosa. En Kennedy reunía jóvenes para entrenar. En Comandos Azules tocaba en la instrumental. Iba al gimnasio. Daba clase. Cargaba un lema que en Colombia suena casi ingenuo: ¡más deporte, menos drogas! Con una cancha, un balón y una hora robada al día intentaba disputarle adolescentes al mercado de la calle.
Por eso lo mataron.
La Fiscalía imputó a ocho presuntos integrantes del Tren de Aragua. La hipótesis no nació en las redes: sus actividades deportivas y comunitarias habrían chocado con el narcomenudeo y la extorsión en el suroccidente de Bogotá. Lo citaron con engaños a un inmueble en el barrio Galán. La orden, según la investigación, salió de una cárcel. El cuerpo apareció en El Tintal. Tardaron más de tres meses en decir en voz alta lo que sus estudiantes ya sabían: no fue un ajuste de cuentas cualquiera. Lo mataron porque estorbaba.
Eso debería detenernos.
El crimen organizado no solo asesina testigos, comerciantes o policías. También asesina la hipótesis más barata -y más seria- que tiene un Estado para no entregar una generación: que un adulto creíble, en un barrio difícil, todavía puede competir con un combo si le dan cancha, horario y respaldo. Kevin no era ministro ni general. Era la política pública hecha persona: sin despacho y sin escolta.
«El deporte no es el adorno de la paz: es uno de sus instrumentos más concretos.»
El 9 de septiembre un joven de 17 años saltó el muro de la Institución Educativa Gabriel García Márquez, en Medellín, disparó para intimidar y se autolesionó. Tenía antecedentes de convivencia violenta. Dos adultos entraron después a llevarse el arma. Unicef acaba de advertir que, en tres años, ataques o uso militar de escuelas afectaron a más de 21.000 estudiantes en Colombia. Ese mismo día el mundo conmemoraba el Día Internacional para Proteger la Educación de los Ataques. No es una coincidencia literaria. Es un llamado.
La seguridad que necesitamos no se agota en el operativo. También se construye a las cinco de la tarde, cuando un profesor abre la cancha y un muchacho decide quedarse.
Lo sé por oficio, no por metáfora. El deporte no es adorno del presupuesto ni foto de inauguración. Es prevención primaria y salud mental. En muchos barrios sigue siendo la única institución que convoca sin amenazar. Cuando un muchacho tiene entrenador, tiene hora, tiene norma y tiene a alguien que lo espera. Cuando no, el mercado ilegal le vende las cuatro cosas en un solo paquete: identidad, ingreso, pertenencia y miedo.
Por eso este crimen no es solo una tragedia familiar. Es un mensaje de política criminal para el que intente hacer lo mismo la semana siguiente. El cartel no debate pedagogía. Elimina al que le quita clientela.
La pregunta no es solo cómo perseguir el crimen. Es cómo no dejar solos a quienes, como Kevin, todavía creen que una cancha puede competir con una esquina.
Ahí nos toca a todos. Al gobierno, a los alcaldes, a las secretarías de Deporte y Educación, a las juntas, a los clubes, a las barras, a las empresas y a las familias. Proteger al docente que se queda después del timbre. Juntar la cancha, el aula y la ruta psicosocial. Convertir “escuelas seguras” en una práctica diaria: muro, cámara, psicólogo, entrenador y una comunidad que no abandone al profesor cuando el barrio se pone feo.
Kevin tenía tatuado un balón de fútbol en el pie. Parece un detalle menor. No lo es. Hay gente que se escribe en la piel lo que el país no se atreve a escribir en la ley: que el juego todavía puede ser una forma de salvación.
No podemos dejar sola la hipótesis de Kevin. Más deporte no es un eslogan tierno: es un instrumento de paz y una forma de seguridad de largo plazo. Cada vez que cae un profesor como él, el crimen no se cobra únicamente una vida: se cobra a los muchachos que ya no tendrán a quién seguir hasta la cancha.
“Más deporte, menos drogas” no puede seguir siendo el epitafio de un maestro de 31 años. Tiene que ser el trabajo compartido de un país que todavía cree que el juego puede construir paz.