Analistas 29/10/2026

Integridad y paranoia

Eulalia Sanín Gómez
Managing Partner Kearney
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Esta semana celebramos con orgullo el centenario de Kearney, una de las firmas de consultoría gerencial más antiguas y prestigiosas del mundo, que ha sido mi hogar profesional desde hace casi tres décadas.

Que una empresa perdure 100 años no es un logro menor. Que lo haga una firma de servicios profesionales es casi un milagro. En estas compañías hay poca “propiedad, planta y equipo”: su activo principal es el conocimiento muy profundo, permanentemente actualizado. Vale la pena preguntarse, entonces, qué le ha permitido a Kearney crecer exitosamente durante un siglo. Dos características han hecho posible su excelente desempeño a lo largo de tantos años y en la actualidad: integridad y paranoia.

Paranoia como anticipación

Uso la palabra paranoia deliberadamente. No para describir miedo, sino una vigilancia permanente frente a las tendencias capaces de transformar una industria. En los años noventa, ante la llegada de internet, la consolidación de empresas tecnológicas y de consultoría gerencial parecía ser el camino natural. Atentos a esa tendencia, los socios de A.T. Kearney aceptaron la adquisición por parte de EDS, una empresa de tecnología.

No fueron tiempos sencillos. Las diferencias de cultura, forma de trabajo y valores resultaron demasiado grandes. En 2006, después de innumerables reuniones discretas durante los fines de semana, 70 socios originales ofrecieron recomprarle la compañía a EDS.

Ese management buyout es legendario en nuestra industria. Constituyó la refundación de Kearney alrededor de sus valores originales y fue también una expresión de paranoia: el radar encendido, capaz de distinguir una señal decisiva entre el ruido. Aquellos socios asumieron el mayor riesgo financiero de sus vidas para recuperar su empresa. Algo se había hecho evidente: sin los valores fundacionales de Andrew Thomas Kearney, el gozo en el trabajo ya no era el mismo y el propósito había perdido fuerza.

Integridad como ventaja competitiva

En una compañía listada en bolsa como EDS, la presión del trimestre podía imponerse sobre la orientación de nuestro fundador, resumida en una carta titulada “Cosas que debemos siempre recordar”. Allí enumeraba las cualidades esperadas de un consultor: competencia técnica, pensamiento analítico, diligencia, persuasión, objetividad, discreción, honestidad intelectual, humildad y trabajo en equipo. La carta concluía: “Nuestro éxito como consultores dependerá de la integridad esencial de nuestro consejo y de nuestra capacidad para convencer a aquellos que están en una posición de liderazgo de sus beneficios”.

Mirar a nuestros clientes de frente y decirles lo que deben oír, aunque sea distinto de lo que quieren oír, ha sido uno de los sellos distintivos de Kearney. La integridad no es un atributo decorativo: es la base de la confianza y una verdadera ventaja competitiva.

No cambia lo esencial

Como buenos paranoicos, hemos abordado con velocidad los avances en inteligencia artificial y tecnologías agénticas. Queremos que las operaciones de nuestros clientes sean “más veloces, más eficientes, más generadoras de valor y menos costosas”, como señala Ramez Shehadi, nuestro líder global de Digital, Analítica e IA. La tecnología cambiará nuestras herramientas, procesos y modelos de negocio. Pero no reemplazará la integridad de nuestro consejo ni nuestra capacidad de convencer a quienes ejercen el liderazgo de sus virtudes. Las compañías centenarias rara vez se parecen a como eran cuando nacieron. Kearney tampoco. Lo que permanece, si una compañía ha sabido perdurar, es aquello que le da sentido.

Los modelos cambian. Las tecnologías cambian. Los mercados cambian. Los valores fundamentales, sin embargo, deben permanecer inmutables.

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