Analistas

¿Competir o trascender?

Federico Hederich

Las comparaciones son odiosas, pero parecen ser parte de la naturaleza humana. Por eso se repiten: la IA procesa millones de datos en segundos; a un humano le tomaría toda una vida leer lo que una IA puede recorrer en una hora. Desde esa lógica, estamos perdiendo una carrera que no podemos ganar.
El verdadero debate no está ahí. La pregunta relevante no es en qué nos supera la IA, lo ha hecho muchas veces. Ya venció a campeones mundiales de ajedrez y GO. El punto central es otro: ¿En qué dimensiones el ser humano conserva una ventaja estructural?

La primera de esas dimensiones tiene que ver con la emoción. La IA puede describir emociones con gran precisión y usar el lenguaje adecuado para sonar empática, pero no siente. No sufre. No ama. En contextos críticos, una consulta médica, una negociación compleja o un liderazgo en crisis, la confianza no se construye solo con información correcta, sino con presencia humana, coherencia, vulnerabilidad y reputación personal. La empatía real no es un patrón lingüístico; es una experiencia compartida. Esa diferencia sigue siendo decisiva.

A esa limitación se suma el juicio. La inteligencia artificial no tiene valores propios: aplica criterios definidos por otros o inferidos de datos históricos, con sesgos incluidos. No tiene conciencia moral ni puede asumir responsabilidad por sus decisiones. Cuando una decisión implica dilemas reales -daño versus beneficio, eficiencia versus dignidad, rentabilidad versus justicia- no existe la “culpa algorítmica”. Solo las personas pueden decidir qué consideran una vida valiosa y qué principios están dispuestas a defender incluso cuando hacerlo tiene un alto costo.

La creatividad es otro territorio donde la diferencia se mantiene. La IA combina patrones existentes, pero la creatividad humana más potente no nace solo de datos; nace de biografía, cuerpo, cultura, conflicto y contexto. Basta recordar cómo se creó Dropbox: su fundador olvidó una memoria USB y decidió resolver un problema personal con una solución simple, masiva y obsesivamente centrada en la experiencia del usuario. Cuando los problemas están mal definidos, cuando no hay datos suficientes o el entorno político y social es inestable, la imaginación humana sigue teniendo ventaja. Es más flexible.

Esa flexibilidad está profundamente ligada al cuerpo. La IA no tiene uno. No siente fatiga, dolor, placer ni miedo. Esa ausencia limita su comprensión de muchas dimensiones humanas: el deporte, el arte, la enfermedad, el riesgo físico o el trabajo bajo presión. Los humanos aprendemos con pocos ejemplos, transferimos conocimiento entre dominios y nos adaptamos con rapidez a lo inesperado. En una sala de cirugía, en una negociación tensa o en una crisis, la lectura de micro-matices y la improvisación siguen siendo profundamente humanas.

Aquí aparece el verdadero punto de quiebre: TRASCENDER. No se trata solo de ser más productivos, sino de ir más allá de lo utilitario. El mayor riesgo para personas y organizaciones no es que la IA nos “quite el trabajo”, sino pensar que lo humano es un defecto a corregir y no una ventaja a cultivar.

TEMAS


Análisis - Inteligencia artificial - humanidad