La IA le ganó a la velocidad, pero perdió con la creatividad, y, de paso, acabó con la magia del diseño. Fácil: basta con escribir una idea más o menos clara y, en cuestión de segundos, aparece una imagen llena de color, íconos y composiciones que hace poco eran inimaginables. Todo rápido, impecable y al alcance de cualquiera.
Sin embargo, hay una trampa tecnológica: hoy, cuando podemos generar cualquier cosa en segundos, todo ha empezado a perder el alma. Es una copia tras otra, un bucle infinito. Y la pregunta es: en medio de tanta perfección, ¿qué pasó con la sorpresa? ¿Dónde quedó el error humano que nos enseña, la ocurrencia inesperada o esa chispa que nace cuando alguien se quiebra la cabeza frente a un problema y da con una respuesta única?
La imagen parece haberse convertido en el mensaje, y ahí empieza el problema. Nos deslumbra tanto lo que vemos que hemos dejado de preguntarnos qué nos están diciendo; importa más que una pieza sea visualmente atractiva, que tenga colores bien elegidos y una composición impecable, que la idea que intenta transmitir.
Como si comunicar fuera un concurso de belleza y no un ejercicio de pensamiento. Pero una imagen puede detener una mirada sin decir nada; puede acumular miles de “me gusta” y no dejar una sola idea en la cabeza. Porque el diseño no consiste en decorar un mensaje para hacerlo bonito, sino en encontrar la mejor manera de hacer una imagen relevante y memorable.
Las presentaciones no escapan a esta estandarización: se han convertido en un cúmulo de plantillas repetidas y diagramaciones del mismo molde. Solo hace falta entregar un texto para obtener, en segundos, un PowerPoint “impecable”. Pero ¿en qué momento dejamos de pensar en cómo contar una historia para limitarnos a organizarla en diapositivas bonitas? La facilidad de producir parece haber desplazado la necesidad de pensar, de encontrar una narrativa y de decidir qué merece ser mostrado. Porque una buena presentación no es una sucesión de pantallas, sino una historia que se construye para alguien, con una intención.
Estamos perdiendo el placer de encontrarnos con algo hecho con tiempo, oficio e historia. Es como pasar de la puerta de una catedral, alta, de madera gruesa y roída por los años, a una de vidrio, transparente y pulcra, que apenas cumple su función. Ambas son puertas, sí, pero no nos hacen sentir lo mismo. Una tiene carácter y memoria; la otra simplemente está ahí.
Y quizás eso es lo que estamos olvidando en esta carrera: que el valor de las cosas no está únicamente en lo que hacen, sino en lo que nos hacen sentir. Porque cuando todo se vuelve inmediato, perfecto y replicable, corremos el riesgo de perder la emoción del encuentro. Y entonces la pregunta ya no es si una IA puede diseñar o crear. La pregunta es si, en nuestra obsesión por producir más rápido, estamos dispuestos a renunciar a todo aquello que hacía que el trabajo humano tuviera alma.