Analistas 06/05/2026

IA: El síndrome del impostor

Felipe Jaramillo Vélez
PhD Filosofía

Existen actividades en la cotidianidad que, pese a ser practicadas por la gran mayoría, se ejecutan en la penumbra del secretismo. Acciones que, aunque comunes, parecen emanar una vergüenza intrínseca; un reconocimiento tácito de que, si salieran a la luz, podrían alterar la percepción que otros tienen sobre nuestra integridad o esfuerzo. Esta suerte de “conducta oculta” no siempre responde a una falta real, sino a una construcción social que impone estándares de autonomía intelectual y mérito difícilmente sostenibles en la complejidad del mundo moderno, en el que nos esforzamos por proyectar una imagen de pulcritud creativa mientras ocultamos atajos que facilitan la vida diaria.

Desde hace dos años, la irrupción de la inteligencia artificial generativa ha venido a alterar este delicado equilibrio, instalándose en el centro de un conflicto ético. Su uso se ha generalizado de manera vertiginosa, pero, de forma instintiva, la mayoría de los usuarios ha decidido envolverlo en un manto de cautela. Existe una tensión palpable entre la eficiencia que prometen estas herramientas y el juicio de valor que cada individuo proyecta sobre su práctica.

Muchos perciben el acto de delegar la escritura, el análisis o la creación a un algoritmo no como una optimización técnica, sino como un engaño: una transgresión moral que compromete la autenticidad y, por extensión, la validez del sujeto que lo firma. Estamos ante la paradoja de una tecnología que, siendo revolucionaria, preferimos usar bajo la sombra de la sospecha, como si el mérito humano fuera algo que se contamina con la asistencia de la máquina.

Esta sensación de engaño no es universal, sino que revela una fractura entre las cosmovisiones de Oriente y Occidente. Mientras en nuestra latitud la originalidad es un dogma de fe, el filósofo Byung-Chul Han advierte -específicamente en su análisis sobre la cultura china- que la copia no siempre es una transgresión, sino una forma de respeto y evolución. En Oriente, la obra no se entiende como un objeto terminado y blindado por la propiedad, sino como un proceso fluido que admite matices y mejoras constantes. Allí, la “intervención” sobre lo existente es un motor de progreso; en Occidente, por el contrario, cada idea que se hace tangible cae bajo el escrutinio implacable del Estado, las empresas y el derecho civil, que buscan un autor único al cual adjudicar y facturar el mérito.

Bajo este prisma, la vergüenza que sentimos al usar IA es, en realidad, un síntoma de nuestra obsesión occidental por la propiedad privada del pensamiento. Al tratar de encasillar una tecnología de naturaleza colectiva y evolutiva en marcos legales y morales diseñados para el siglo XIX, generamos una fricción insostenible. El miedo al plagio o a la usurpación se convierte así en una barrera que nos impide transitar hacia una ética de la colaboración hombre-máquina.

Mientras sigamos viendo la creación como una posesión y no como una transformación, la IA seguirá habitando el espacio de lo vergonzante, privando una discusión necesaria: ¿cuál debe ser la forma adecuada de relacionarnos con la máquina?

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Inteligencia artificial - Tecnología - Ética