Analistas 29/09/2026

La IA mató las comillas

Felipe Jaramillo Vélez
PhD Filosofía
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La inteligencia artificial ha tentado al ser humano a escribir a cuatro manos, o mejor dicho, a dos manos y un chip. Redactar, corregir, estructurar, pulir y diagramar a través de una herramienta digital se ha normalizado a tal velocidad que la frontera de la autoría ha quedado reducida a un vestigio del pasado. En el día a día profesional, resulta casi imposible determinar qué porcentaje de lo que entregamos es fruto de nuestro rigor intelectual y cuánto responde a esa mezcla de precisiones quirúrgicas y alucinaciones verosímiles que nacen de la unión entre el hombre y la máquina. Hemos aceptado la asistencia algorítmica con naturalidad, pero en el camino, las comillas, aquel símbolo sagrado que antes delimitaba la frontera entre la idea ajena y la voz propia, han perdido todo su sentido.

Más que una simple norma ortográfica o una cortesía académica, colocar el conocimiento ajeno entre comillas ha sido históricamente un acto ético de delimitación del saber. Durante siglos, las comillas saldaron el dilema de la propiedad intelectual y la honestidad del pensamiento de una manera elegante y normalizada, trazando una frontera inequívoca entre la voz propia y el hallazgo del otro. Hoy, esa claridad se disuelve, el insumo que devuelve la pantalla no se atribuye ni se entrecomilla; se absorbe, se moldea y se firma como propio, asumiendo que la síntesis estadística de millones de autores creada por el algoritmo pertenece a todos y a nadie.

Lo anterior plantea una duda ética de fondo: ¿qué hacemos con lo que producimos a través de la IA? ¿Se debe advertir y “cantar” abiertamente el uso del algoritmo en cada entregable, o simplemente se entrega el texto dejando que los demás infieran o ignoren su autoría híbrida? Entre la burocracia de declarar cada asistencia algorítmica y el cinismo de firmar como propio un razonamiento ajeno, el estándar profesional parece inclinarse por desplazar el mérito del proceso hacia la responsabilidad del resultado. Quien firma no solo entrega un texto; asume como propio el impacto, el rigor y hasta las fallas en lo escrito. Sin embargo, en ese pacto silencioso de omisión donde nadie pregunta y nadie aclara, corremos el riesgo de naturalizar la impostura y convertir la honestidad intelectual en un adorno prescindible.

En este escenario, la sociedad actúa con un cinismo evidente: por un lado, le exige a los algoritmos que dejen marcas de agua o marcas fluorescentes que delaten la presencia de la máquina en una obra; por el otro, recurre de inmediato a artificios para “humanizar los textos”, aplicando burdos parafraseos automatizados para disfrazar ese estilo sintáctico predecible que ya cualquiera reconoce a simple vista. Queremos la transparencia como norma general, pero la evadimos en la práctica individual, utilizando la misma tecnología para ocultar la huella algorítmica y mantener la ilusión de una autoría orgánica y solitaria.
Quizá sea momento de sustituir las comillas por corchetes: una nueva forma de declarar que lo entregado corresponde a la intención del firmante tras una redacción que integra, silenciosamente, la voz de miles.

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Inteligencia artificial - Creatividad