Analistas 05/11/2026

Lula le ganó a Meta

Felipe Jaramillo Vélez
PhD Filosofía
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¡Lula le ganó a Meta!. Esta expresión surgió durante un panel sobre educación e IA al que fui invitado hace un par de días. Más allá de la emotividad de aquella afirmación, me surgieron tres preguntas casi lógicas: ¿qué influencia están ejerciendo la inteligencia artificial y los algoritmos de las redes sociales sobre las elecciones presidenciales en el mundo? ¿Existe un sesgo algorítmico que favorece a la derecha política? Y, quizás la más inquietante, ¿en qué momento aceptamos que una corporación privada, capaz de administrar la información que circula, amplificar unas voces y silenciar otras, se convirtiera en juez y parte de la formación de la opinión pública y, por extensión, de nuestras democracias?

Empezando por la primera pregunta, habría que decir que la llegada de los algoritmos ha transformado radicalmente la comunicación política. Pasamos de una época en que las ideas se disputaban en las calles, las plazas públicas y los grandes debates en universidades, medios de comunicación y organizaciones civiles, (escenarios hoy cada vez más escasos), a otra en la que la disputa electoral se libra en las pantallas, mediante contenidos diseñados para cada individuo, a partir de sus datos personales, sus preferencias, sus miedos y sus angustias. De la confrontación pública de las ideas pasamos a la seducción individualizada del elector, en un entorno dominado por plataformas cuyos algoritmos pueden amplificar la discusión sin argumentos, la polarización y el dogmatismo. Ya no se trata solamente de convencer con ideas, sino de conquistar emociones.

Respecto a los sesgos de los algoritmos, sería necio afirmar que no existen o que son escasos. Los algoritmos son creaciones de seres humanos que, con su inteligencia, pero también con su perversidad, diseñan máquinas capaces de inventar con extraordinaria facilidad y de presentar sus invenciones con una convincente apariencia de verdad. Estas tecnologías responden a estrategias y trucos maquiavélicos. Es por eso que hoy las campañas están más preocupadas por afinar sus algoritmos y hacerse con bases de datos que por articular un plan de gobierno coherente y necesario. Todo esto ocurre con la anuencia de ciudadanos que parecen disfrutar más de la caricatura de la contienda, que de la profundidad de los debates que estas deberían suscitar.

En cuanto a la última pregunta, la respuesta es mucho más preocupante. La creciente presencia de los gigantes tecnológicos en la vida cotidiana de todos los países del mundo les ha permitido acumular un poder sin precedentes, frente al cual las posibilidades de regulación parecen ser vagas y difusas. Este desequilibrio no es menor: el tránsito de la realidad a la metarrealidad ha llevado al ser humano a convivir entre un mundo de experiencias, emociones y relaciones y otro que pretende reducir buena parte de su existencia a datos, patrones y predicciones. Así, las empresas tecnológicas no solo amplían su capacidad de intervenir en nuestras decisiones, sino que encuentran cada vez menos resistencia para hacerlo. Su poder seguirá creciendo en la misma medida en que nuestra indiferencia les permita avanzar sin límites.

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