¡Tenemos que juntarnos!: un slogan muy lánguido
miércoles, 4 de febrero de 2026
Felipe Jaramillo Vélez
En Colombia, un vasto sector de la población observa con una mezcla de escepticismo y ansiedad cómo los discursos de los aspirantes a la presidencia parecen atrapados en la retórica, sin dar el salto definitivo hacia la ejecución.
Si bien un grupo de candidatos ha realizado un ejercicio de responsabilidad política al ambientar una gran consulta -un esfuerzo necesario por consolidar un centro viable-, el panorama sigue fragmentado. Mientras fuerzas externas persisten en atomizar la votación, el partido de gobierno se cohesiona en torno a una figura única y estrategias de corte populista diseñadas para romper su techo histórico, el cual ya se estima en un sólido 30%. En este escenario, el llamado a la unidad a sectores de derecha y de centro derecha corre el riesgo de quedarse en un slogan lánguido si no logra trascender la aritmética electoral para convertirse en un proyecto de país ejecutable.
Esta postura indecisa que no se concreta, se traduce en una apuesta de alto riesgo: la de sectores que prefieren aplazar decisiones a la espera de que el ambiente electoral “se decante”. Es un ejercicio peligroso. Mientras la jornada de votación de mayo se aproxima, el país parece sumido en un letargo de distracción, con una opinión pública fragmentada entre el calendario de conciertos masivos, la efervescencia por el Mundial de Fútbol y una agenda oficial que emite señales cada vez más ambiguas.
Sin embargo, esta miopía colectiva esconde un riesgo institucional aún mayor: el olvido sistemático de las elecciones legislativas.
Mientras el debate se consume en la complejidad de las aspiraciones presidenciales, la elección al Congreso de la República -programada para el 8 de marzo- parece relegada a un tercer plano. El sostén de la democracia y la seguridad jurídica de los mercados no recaen exclusivamente en la figura del primer mandatario, sino en un Senado y una Cámara de Representantes capaces de ejercer un control político riguroso y técnico. Apenas a “un mes y monedas” de que estas corporaciones sean “renovadas”, el ambiente electoral se percibe gélido, lo que abre una peligrosa ventana para que el populismo o la mediocridad política capturen las curules encargadas de mantener los pesos y contrapesos.
El cierre de este ciclo exige una lucidez despojada de ingenuidades o altruismos de papel. Es imperativo reconocer que los procesos de participación ciudadana solo resultan efectivos cuando logran blindarse contra la presión de las maquinarias, la cohesión forzada o la dogmatización ideológica que anula el criterio técnico. Colombia se encuentra hoy en un punto de quiebre definitivo: uno que puede conducirnos a reconocer nuestras riquezas y a gestionarlas con eficiencia institucional, o uno que puede sumirnos en un limbo de debilitamiento permanente hasta convertirnos en un país inviable, atrapado en el caos de la ingobernabilidad. No se trata de un llamado romántico; es una advertencia de supervivencia económica y democrática. Por todo esto, tal vez es, quizás, la hora de juntarnos, pero de verdad, bajo una agenda de país que priorice la estabilidad sobre los egos personales.