Dos caminos

Felipe Ríos

Colombia vive una compleja coyuntura: una economía resentida, el ingreso masivo de venezolanos, las Farc en el Congreso y candidatos populistas a la cabeza en las encuestas, quienes amenazan con expropiar. El próximo domingo, en medio de una palpable apatía, se empezará a definir lo que nos espera durante los próximos cuatro años.

Desde que dejé de escribir semanalmente para este diario, he estado recorriendo Bogotá, repartiendo volantes en las calles y viviendo de primera mano la indiferencia de los ciudadanos. ¿Decepción con la clase política? o ¿rabia por la corrupción? Válido; no obstante, alejarse de la política es la reacción inadecuada.

Entre más nos asqueemos de este tema, más nos deberíamos involucrar y preocuparnos por elegir bien y por exigir a los elegidos. En últimas, son ellos quienes decidirán muchos aspectos de nuestro día a día. Creer que se puede vivir ajeno a la política es una quimera.

La principal deuda con los ciudadanos que tiene este país, uno de los 15 más inequitativos del mundo, es disminuir su enorme desigualdad social. Hay dos vías que se pueden tomar para reducir la brecha: la de Venezuela o la de los países nórdicos. Para decidir el camino se debe comprender el sentimiento que motiva el deseo de redistribuir riqueza.

En Suecia, por ejemplo, como lo escribí en una columna anterior, la solidaridad fue lo que motivó la redistribución pues tras las amenazas de Hitler, todos, desde el más rico hasta el más pobre, tuvieron que ingresar al ejército, lo cual permeó dicha empatía sin distinción social.

En el caso nórdico, que debería guiar a Colombia, existe un absoluto imperio de la ley, un profundo estado de bienestar que garantiza igualdad de oportunidades, y ecosistemas donde florecen el emprendimiento y la innovación.

Esto hace que se generen más ingresos y que al ser más grande la torta, se pueda redistribuir más riqueza lo cual origina un círculo virtuoso. El error que no se puede cometer es destinar la carga tributaria a las empresas, por el contrario, esto les resta competitividad y posibilidad de generar empleo.

En el modelo populista se crea un enemigo abstracto a quien se le pueda echar la culpa de todo -“los ricos”, “ la oligarquía” o “los medios de comunicación corruptos”-. Una vez enfocan la rabia y envidia hacia ello, empiezan a destruirlo sistemáticamente. Paralelamente, ajustan las instituciones a su gusto para perpetuarse en el poder y entregar paquetes asistencialistas a los ciudadanos para mantenerlos contentos mientras pueden.

En Venezuela primaron los sentimientos negativos. Un discurso de lucha de clases que, liderado por caudillos populistas y hábiles como Petro, puede coger vuelo ya que del sentimiento del líder, se desprenden las políticas y el modelo económico que finalmente escoge el pueblo por vía democrática.

Es increíble que un modelo que ha llevado a millones de venezolanos a la miseria -86% viven actualmente debajo de la línea de la pobreza- y a cruzar la frontera por falta de comida, no impacte en todos los colombianos. Desafortunadamente, esa misma indiferencia y desconocimiento es la que permite que los populistas surjan.

El sueño y la ilusión de construir un país justo para todos debe ser más fuerte que el deseo de venganza; sin embargo, la realidad es que quien nos regirá durante el próximo cuatrienio se escogerá en las urnas.

Lo que está en juego es el modelo de Estado. Elijamos bien.

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