Analistas 29/05/2026

Elecciones 2026: el péndulo entre la izquierda consolidada y una nueva derecha

Fernanda Gómez Velásquez
Estratega & Consultora Política

Ad portas de la primera vuelta electoral, el país se mueve en un ambiente que combina polarización, incertidumbre e hiperespeculación. Esta es una contienda ideológica, de continuidad vs. cambio, donde los extremos dominan las posibilidades, pero el centro tendrá el poder de desequilibrar el péndulo para elegir al próximo presidente. Ese centro todavía está entre el escepticismo y las ganas de dejarse conquistar.

Estas elecciones tienen una particularidad: hay una izquierda consolidada como nunca antes en la historia reciente del país. Con estructura, capacidad de lograr mayorías en el Congreso, poder de incidencia en los territorios y una base muy sólida que se moviliza y defiende ese otro modelo de país que privilegia a los más débiles. El progresismo en Colombia dejó de ser una promesa para convertirse en una fuerza de incidencia y eso, en matemática política, cambia el tablero de manera estructural.

Por otro lado, en el país ha surgido una nueva derecha que interpela al establecimiento. Varios líderes globales han conquistado el poder con ese manual que muchos llaman populista y performativo, pero que tiene un patrón claro: la provocación como posicionamiento y la imagen como arquitectura de poder. Lo que está ocurriendo allí es un relevo de narrativas. El votante que alguna vez respondió al liderazgo tradicional del uribismo no desapareció ni cambió de convicciones; sin embargo, ahora privilegia la arrogancia del outsider y la provocación del que incomoda a lo políticamente correcto.
En Colombia vemos con absoluta claridad ese outsider en forma de rayas y colmillos -de leche-. La campaña de Abelardo de la Espriella es un ejercicio circense de persuasión y sofisticación disfrazado de espontaneidad. “El tigre” fue milimétricamente construido por quienes entienden que en política la recordación es más importante que la coherencia para cooptar votos, y que un símbolo bien elegido instala una percepción que ningún hecho cuestionable puede desmontar. El problema de los símbolos es que no son garantía de buen gobierno.

Paloma Valencia pierde terreno en su propia base ante De la Espriella, cuyo crecimiento -real o manufacturado digitalmente- activa el voto útil de una derecha que la abandona buscando al candidato con más opciones de vencer a la izquierda. En la otra orilla está Iván Cepeda, candidato del Gobierno y de la izquierda, una que ya gobernó sin apocalipsis y que ya disipó muchas hipótesis. Hace cuatro años la estrategia de la oposición fue el miedo, uno de los motivadores de voto más poderosos y de mayor influencia que existen. Sin embargo, el miedo también caduca; lo que queda es una agenda progresista robusta en un terreno electoral duro, construido sobre gratitud e identidad.

¿Y en segunda vuelta?
En matemática política, las sumas no son tan sencillas y no hay endosos automáticos. En 2022, los votos de Federico Gutiérrez no migraron a Rodolfo Hernández como se pensaba, y Gustavo Petro ganó. Juan Daniel Oviedo apostó al equilibrio en una elección polarizada, quedando en tierra de nadie, pues parte de la derecha prefirió a Abelardo, castigando sus posturas más abiertas en temas, para muchos, innegociables, mientras parte del centro que lo apoyó en la consulta le retiró su respaldo tras su adhesión al uribismo. Esa es la trampa del centro en elecciones altamente polarizadas. La guerra sucia de la campaña de De la Espriella contra Paloma Valencia siembra dudas sobre si el uribismo votará en bloque en segunda vuelta. Esos ataques, que han alcanzado su punto más álgido en la recta final de la campaña, dinamitan los puentes que más necesitaría tender si avanza a la segunda vuelta. Sin ese respaldo unificado, el tigre camina frágil y sin las mayorías necesarias para ganar la elección.

Iván Cepeda tiene el desafío de suavizar su discurso para disipar miedos, segmentar más ampliamente y movilizar indecisos que le permitan romper su techo. Dos péndulos y, en el medio, el espacio donde se decide todo. El objetivo de todas las campañas es conquistar al swing voter, al indeciso, al que puede estar aquí, pero también allá, al que lo mueven las circunstancias. Ese voto no es un bloque homogéneo: hay quien se fue a la abstención por desencanto; hay quienes le temen tanto al populismo como al caos del outsider; hay jóvenes esperando una señal que les dé permiso para decidirse. Cada perfil tiene miedos distintos, canales distintos, lenguajes distintos, y conectar con todos es el objetivo. Esta Colombia de 2026 es una disputa de relatos, emociones, fanatismos e identidades confrontadas. Los extremos ya pusieron sus candidatos; ahora le toca al centro decidir. Y esa decisión, para muchos todavía abierta, es la que más pesará.

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