Regionales 2027: el pulso electoral de la política algorítmica
A poco más de un año de las elecciones regionales, el pulso electoral empieza a tomar fuerza. Los candidatos ya estructuran sus proyectos políticos y muchos adelantan ejercicios de posicionamiento, empujados por un ciudadano que se informa, opina y decide en el mundo digital. Bienvenidos a la política algorítmica y, con ella, a unas elecciones que no se van a parecer a ninguna anterior: serán más de 13.000 cargos en disputa, en las primeras regionales en que la inteligencia artificial llega madura, barata y disponible; sin embargo, se diferenciarán quienes sepan usarla con método, propósito y criterio estratégico.
La política algorítmica es la que se hace sabiendo que entre el candidato y el ciudadano hay un intermediario: el algoritmo. Ese que decide qué ve cada quien. Como ha estudiado Taina Bucher, los algoritmos no son neutros; ordenan la realidad de cada usuario y, con esto, intervienen en la manera en que las personas perciben el mundo, incluida la política. Una campaña hoy no compite solo por votos, sino por atención y visibilidad, y entender qué relatos logran instalarse y cómo se traducen en influencia es parte de las nuevas dinámicas del poder político.
La presidencial de 2026 lo demostró. La campaña de Abelardo de la Espriella marcó un punto de inflexión en la comunicación política en Colombia al poner la inteligencia artificial en el corazón de su estrategia. Detrás de esa apuesta estuvo Carlos Suárez, quien supo interpretar el clima social del país y conectar con sus emociones, códigos y demandas.
Construyeron un símbolo, articularon una comunidad en torno a él y posicionaron un relato que tomó por sorpresa al establecimiento político. Las regiones serán ahora también el escenario donde esa lógica buscará echar raíces en alcaldías y gobernaciones.
Hoy la comunicación política digital es un campo propio, y en él la IA ya es la columna vertebral. Las herramientas de escucha social leen en tiempo real lo que se dice de un candidato, detectan qué emociones suben y qué temas se apagan, y convierten esa conversación en insumo para decidir. La microsegmentación permite hablarle a cada audiencia en su propio lenguaje, la pauta se ajusta sobre la marcha y el contenido que antes tomaba semanas se produce en horas. Incluso persuade: según un estudio publicado en Nature en 2025, conversar con una IA que defendía a un candidato movió preferencias de voto más que la publicidad tradicional.
¿Y qué significa todo esto para las regionales?
El primer desafío es el ruido. Si cualquier candidato puede producir videos, piezas y mensajes a diario, el elector va a terminar saturado, y en medio de ese ruido gana quien logre que le crean. A esto se suma la fragilidad del ecosistema mediático local. La Flip lleva años advirtiendo que en buena parte de los municipios del país no hay medios que produzcan información propia, y allí una operación digital coordinada puede instalar narrativas difíciles de contrastar. La frontera entre personalizar un mensaje y alterar la percepción del electorado se vuelve cada vez más difusa.
En matemática política, las regionales serán la primera medición de fuerzas después de una presidencial que dividió al país, y esa conversación seguirá viva en los territorios. El consumo digital acortó la distancia entre lo nacional y lo local, y los algoritmos y la IA harán su parte para mantener encendidos los debates y los símbolos de la presidencial. Muchas campañas locales terminarán leyéndose en clave nacional, y más de un candidato será medido por el lado en que se ubique frente a la Casa de Nariño antes que por sus promesas de gestión.
Hay una pieza del tablero que sigue en su lugar, y es que el voto local tiene memoria. En un municipio, la gente conoce al candidato y a su familia, y sabe quién cumplió y quién quedó debiendo. Allí la reputación se construye durante años. La IA puede amplificar lo que existe y también fabricar percepciones; la diferencia está en lo que encuentra ese relato cuando llega a la calle.
Para quienes hacemos estrategia, el reto está en sacarle el máximo provecho a esta herramienta para leer el contexto, anticipar escenarios y disputar sentidos en cada territorio, y en asumir la responsabilidad política que hoy tenemos en nuestras manos. Las preguntas de fondo siguen siendo las de siempre: qué está dispuesto a cambiar el ciudadano con su voto, cuál es el dolor que va a definir la elección y quién es el enemigo a vencer. Las respuestas serán distintas en cada municipio.
El tablero ya está servido. Quien esté preparando 2027 como si fuera 2023 ya va tarde. Y quien crea que la IA hará el trabajo por él, también.