Westcol es tendencia en Colombia por estos días, como suele serlo. Sin embargo, esta vez no es por una polémica o conversación sin filtro, sino porque entrevistó al presidente Gustavo Petro en la Casa de Nariño y, en cuestión de horas, se han inundado las redes sociales de fragmentos alrededor de esa conversación. Los mismos medios tradicionales que alguna vez definieron la agenda informativa del país están hablando de lo que un streamer instaló en la conversación pública.
Luis Fernando Villa Álvarez es un joven antioqueño de 25 años que construyó una comunidad de millones de personas alrededor de su autenticidad y lenguaje sin filtro. Su conversación con el presidente Petro se dio desde la óptica de un joven, con capacidad de movilización, que quiso escuchar, entender y exponer lo que percibe del país, de las oportunidades, de los merecimientos y de los problemas estructurales de la Colombia de hoy.
El stream dejó un hallazgo que no es para nada menor. Westcol habló de captura del poder, de desafección política, de pobreza estructural, de la educación y sus inmensas brechas, de las relaciones diplomáticas con Estados Unidos y de seguridad, sin usar ningún tecnicismo. De todo habló con un idioma popular y descomplicado, ese lenguaje de la juventud que ayer, por fin, se vio en un amplio espectro representada en él, frente a un tema que se lee con apatía. Westcol demostró que la comunicación política más efectiva es la que habla desde la vida real y no desde la tribuna; esa que forma opinión porque interpela y que moviliza porque resuena donde la gente vive.
La comunicación política cambió definitivamente y lo que antes se definía en debates transmitidos por televisión, hoy se da en la arena de un stream. El ciudadano de hoy vive excesivamente hiperinformado, consume contenido de manera permanente (desde sus redes sociales, en su mayoría) y opina en tiempo real. Desde ese proceso construye percepciones que lo definen frente a una elección, y en esa construcción ya no es un actor que se limite a contemplar lo que ocurre en su entorno.
Milei, por ejemplo, lo entendió antes que nadie en Argentina: su campaña fue una comunidad antes que una estrategia electoral, y una generación entera lo siguió en las plataformas donde vivía porque sentía que alguien por fin le hablaba de frente. Por eso, el ciudadano, cuando se siente ignorado, busca quien lo interpele, y en esto los outsiders han sido atinados.
El stream de Westcol fue además un escenario simbólico que Petro supo aprovechar con suma precisión política. Más de un millón de personas conectadas en tiempo real, un segmento que hace cuatro años lo eligió sobre Rodolfo Hernández y que la derecha colombiana ha perdido sistemáticamente. Caminar por el corredor de los retratos presidenciales, nombrar a Guillermo León Valencia, a Misael Pastrana, a Lleras Camargo, fue ratificar ante esa audiencia el relato que define su marca desde el origen: la crítica al poder que se hereda, a las élites que han sido dueñas del Estado a costa del pueblo. Ese framing construye al antagonista con precisión. Paloma Valencia, nieta de uno de esos apellidos, encarna hoy el enemigo a derrotar y Petro lo sabe. En su narrativa, ella es la síntesis perfecta del relato élite versus pueblo y poder heredado versus merecimiento.
Eligió ese campo de batalla porque es el único en el que su marca es imbatible, y lo hizo frente al segmento que más le conviene reforzar para movilizar de cara al 31 de mayo.
Lo que viene no puede ponerse mejor. Uribe tiene pendiente su propio stream con West, donde la derecha colombiana tiene el reto de saber qué tiene para ofrecerle a la juventud colombiana. Mientras tanto, los estrategas políticos tenemos la responsabilidad de saber diagnosticar lo esencial: qué le duele a la gente, de qué va la elección y quién es el enemigo a vencer, entendiendo qué simbolismos se imponen, qué narrativas conectan, qué dinámicas conquistan votos y construyen comunicación política con propósito, pues la ciudadanía exige que sus demandas sean interpeladas desde su propia realidad, y con esto la política tiene dos opciones: entrar a ese territorio o quedarse hablando sola.