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El presidente Abelardo de la Espriella y el secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, sostuvieron una reunión fundamental. Los denominados Acuerdos de Barranquilla marcaron el comienzo de una nueva etapa en una relación estratégica que durante el gobierno de Gustavo Petro estuvo sometida a tensiones innecesarias, mensajes contradictorios y una profunda carga ideológica.
Petro convirtió la política exterior en una prolongación de su activismo personal. Sus confrontaciones públicas con Washington, sus cuestionamientos permanentes a la política antidrogas y su cercanía con gobiernos enfrentados con Estados Unidos deterioraron una confianza construida durante décadas. El problema nunca fue discrepar. Un presidente puede hacerlo. El error consistió en confundir independencia con hostilidad y soberanía con retórica.
De la Espriella modificó rápidamente esa orientación. La reunión con Rubio confirmó el restablecimiento de una interlocución política directa, pero, sobre todo, permitió comenzar a transformar la nueva confianza en una agenda concreta.
El primer componente es la seguridad. El “Plan Patriota Siglo XXI” busca articularse con el “Escudo de las Américas” para recuperar una cooperación operacional fuerte contra el narcotráfico y las organizaciones criminales. Inteligencia, interdicción, extradición, capacidades militares y metas verificables vuelven a ocupar un lugar central. Es un cambio importante frente a la “paz total”, que permitió que diferentes estructuras armadas aprovecharan ceses al fuego y negociaciones interminables para ampliar territorios, economías ilegales y corredores criminales.
Cooperar con Estados Unidos no significa renunciar a la soberanía. Ocurre exactamente lo contrario. Un Estado que no controla su territorio posee una soberanía puramente retórica. El crimen organizado opera simultáneamente en Colombia, el Caribe, Centroamérica, Estados Unidos, África y Europa. Pretender combatirlo encerrados dentro de nuestras fronteras es desconocer su naturaleza.
El segundo componente es económico. Después del terremoto, Estados Unidos aportó cerca de US$26,5 millones en asistencia humanitaria, y ahora se pretende transformar esa respuesta de emergencia en una relación de inversión de largo plazo. Infraestructura, vivienda, energía, tecnología y reconstrucción productiva podrían recibir financiación. Colombia, por su parte, tendrá que ofrecer disciplina fiscal, seguridad jurídica y reglas estables para la inversión. Presentar un presupuesto real fue un primer paso.
El tercer componente muestra hacia dónde se está desplazando la geopolítica mundial. Los dos memorandos suscritos sobre minerales críticos y cooperación nuclear civil incorporan a Colombia en la discusión sobre seguridad energética y cadenas estratégicas de suministro. Las tierras raras y la energía dejaron de ser simples asuntos comerciales. El caso de Malvinas y el acuerdo petrolero con Venezuela son ejemplos.
Pero sería equivocado presentar Barranquilla como una tarea terminada. Quedaron pendientes importantes. No hubo alivio inmediato del arancel de 12,5% que afecta productos colombianos. Tampoco se anunció todavía un gran paquete financiero estadounidense para reconstrucción y seguridad. Y buena parte de los compromisos continúa siendo una hoja de ruta que deberá convertirse en inversiones, equipos, proyectos y resultados.
También conviene mantener claridad frente a Venezuela. Algunos sectores han convertido la política de Rubio hacia ese país en motivo para cuestionar el acercamiento con Washington. Colombia no debe importar esas disputas. Debe contribuir a la reconstrucción democrática y económica venezolana, pero sin convertirse nuevamente en vocera de facciones o proyectos ideológicos. Nuestro interés es otro: estabilidad fronteriza, comercio y evitar que Venezuela siga funcionando como refugio de guerrillas, narcotraficantes y organizaciones transnacionales.
Estados Unidos es nuestro principal aliado estratégico y Venezuela nuestro vecino inevitable.
Los Acuerdos de Barranquilla corrigieron el rumbo y reconstruyeron confianza. Ahora viene lo difícil: convertir la confianza en seguridad, inversión, comercio y resultados. Porque las alianzas internacionales no se proclaman. Se demuestran.